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Editorial de hoy

Una mala palabra

opinion

“De esa elegía solo entiendo: el QUE”.

El inefable Pablo Neruda lo dejó escrito en ‘Confieso que he vivido’, al hacer referencia a la Conquista y los conquistadores: “Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como  piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes…el idioma… Salimos perdiendo…Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro…se lo llevaron todo y nos dejaron todo…Nos dejaron las palabras”.

Rico el idioma castellano, exuberante la lengua española. Voces, palabras, acepciones, frases van brotando de las páginas  de los libros que obligan a revisar el diccionario. Repaso los versos de Ruben Darío y me encuentro con el Responso que escribió en honor a Verlaine: “Padre y maestro mágico, liróforo celeste / que al instrumento olímpico y a la siringa agreste / diste tu acento encantador…Que púberes canéforas te ofrenden el acanto / que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto, / sino rocío vino y miel”. Poema que hizo exclamar a García Lorca: “De esa elegía solo entiendo: el QUE”.

Brinco después a las páginas de Asturias en donde aparecen luminosas: alcuzas y tagarninas; a las palabras de Carpentier en donde resplandecen fallebas, bostas y cuñetes; a las letras de Vargas Llosa en donde sorprenden: olifantes, bordoneos y estrapadas; deslumbra luego García Márquez con astrolabios, cínifes y marimondas.

Aparecen al mismo tiempo funcionarios pronunciando palabras extrañas: accesar en lugar de acceder; aperturar por abrir; antejuiciar por tramitar antejuicio. Pénsum exclama un miembro del Consejo Superior en lugar de decir currículo o plan de estudios.

Habla después en una conferencia un médico que al referirse a los síntomas de una enfermedad expresa que: En algunas ocasiones tienen un comportamiento bizarro; confundiendo el término bizarre que en Inglés significa: caprichoso o raro, con el bizarro español que se refiere a alguien, valiente y esforzado.

Entremetido en un corrillo de patojos que juegan alegres al Dominó, leo en la prensa dos palabras desprestigiadas: diputado y curul. Es entonces cuando Daniel el menor de ellos pregunta: – ¿Esas son malas palabras?-. Para responderle desempolvo el Diccionario Ideológico de Julio Casares mientras leo: Curul, patojos, no es más que el jugoso escaño, la sabrosa poltrona que ocupan los diputados. Leo después lo que significa diputado: Persona legalmente elegida para representar a una nación, región o provincia y defender sus intereses.

Cuando preguntan a coro los chirices qué es lo que hacen los diputados apoltronados cómodamente en sus curules; inventando plazas fantasmagóricas y ausentándose con cualquier pretexto baladí; encuentro en la letra ESE, arropada entre dos palabras sonoras, sinécdoque y sinedrio, la palabra extraña que define la actividad de los mal llamados Padres de la Patria: Sinecura, que no es más que un empleo o cargo retribuido en exceso que ocasiona poco o ningún trabajo.

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