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Editorial de hoy

Una historia familiar

opinion

“La vida nos mueve, uno no elige”.

Hurgando en el pasado, en los laberintos de los años de Manuel Estrada Cabrera, junté piezas del rompecabezas de la historia de mi abuelo materno. En la segunda mitad de la primera década del siglo XX, cuando trabajaba en docencia en Chiquimula, hizo una visita a la ciudad de Guatemala para efectos de trámites burocráticos, y en una esquina se encontró conversando a varios personajes, entre los cuales conocía a más de alguno, así que se detuvo brevemente a saludar. Era imposible saber que ellos, o algunos de ellos, conspiraban  para cometer uno de los magnicidios fallidos de entonces. Algún oficiante anotó con rigor la hora, la esquina y los nombres de quienes participaron en aquel encuentro. El mandatario desató su cólera contra los conspiradores, y el nombre de mi abuelo estaba consignado en el listado.

Un primo General se enteró del hecho y mandó a avisarle a medianoche que su captura estaba señalada para el amanecer siguiente. Mi abuela narró varias veces aquella escena que le congelaba las venas, de cuando escuchó los cascos de los caballos, el toque insistente en la puerta de calle del jinete encapotado que nunca descendió de la bestia, y la advertencia. No había tiempo para preguntarse si aquello era verdad o no, justo o injusto. Apenas alcanzó la oscuridad para vestirse y acarrear una bolsa con alimentos y agua, y salió abrigado hacia las montañas, a oscuras, a solas, para cruzar caminando la frontera de El Salvador en un punto ciego. Se salvó porque no dudó. A la mañana siguiente llegaron por él, pero no encontraron sino a una esposa pálida y aterrorizada.

Ellos hicieron su vida en Santa Ana, allí fundó un colegio, nació la mayoría de las hijas, salvo la última, a quien le tocó en La Antigua, tras su regreso del destierro 14 años más tarde, luego de la caída del dictador. Pero, ¿por qué volver si ya había hecho su vida y estaba contento, y entre Guate o El Salvador no había tanta diferencia? Me temo que no fue la política sino la gripe española la que tuvo que ver. La crisis de salud de hace un siglo debe de haber afectado a los colegios privados, como estará sucediendo ahora, y en medio de tantas complicaciones, le llegó como tabla de salvación la oportunidad de ocupar un puesto en el Ministerio de Educación de su patria. Así volvió, pero no tardó en volver a las andadas y fundó otro colegio, y poco a poco se fue reconstituyendo. La vida nos mueve, uno no elige. Un saludo desafortunado en una esquina lo expuso a la aventura, y una epidemia lo devolvió al origen. Sus descendientes somos el producto de un siglo de agitaciones, de casualidades y de suerte.

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