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Editorial de hoy

La política democrática es el antídoto

opinion

Si sobrevivimos al naufragio, hablaremos de nuestras diferencias.

Ninguna potencia mundial vendrá a liberarnos del narcotráfico, el crimen, la corrupción, la impunidad y la inveterada desigualdad social que nos corroen. Tampoco surgirá un súper héroe, ni siquiera un “vigilante” que, en la cómplice nocturnidad, aplica la justicia que el humillado o a quien se le arrebató la dignidad, clama, pero que los jueces corruptos les escamotea.

 La respuesta surgirá de nosotros, o no será sostenible. Por el desequilibrio interno de distribución del poder, esa respuesta requiere el respaldo del mundo civilizado que comparte nuestros principios de justicia y dignidad humana.

 Héroes de carne y hueso, siempre hemos tenido. Algunos han sufrido sacrificios, incluso la pérdida de la vida, y otros han tenido que huir o callar como condición de supervivencia. Pero muchos siguen lanzados a mar abierto capeando las tormentas, ahora mismo.

 Hay una generación que adquirió carta de ciudadanía en 2015, en las movilizaciones de La Plaza. En ellos deposito la confianza del relevo generacional. Son generosos, desprendidos. No son egoístas ni resentidos. Tampoco cargan los prejuicios, actitudes intolerantes, recelosas y sectarias: el virus que infectó a buena parte de los supervivientes de las últimas tres generaciones que procuraron cambios. Además, me gusta la chispa, creatividad y enjundia de esos jóvenes que políticamente han madurado a la velocidad de la luz, digo, comparando con la inmadurez de muchos viejos.

 A mi generación –y a las anteriores– siempre les ganó el gen del mercurio: la fragmentación. La fragmentación combinada con el maximalismo programático es malísima fórmula. Fue un espíritu mesiánico captado no sé dónde. Quizá muchos no asimilaron sus enseñanzas religiosas y las extrapolaron como discurso político. Como sea, acusamos un notable déficit de formación ciudadana en política democrática.

 Paradójicamente, ese déficit se agudizó en los 35 años de democracia y tras el fin de la violencia política sistemática. Los aires en estos tiempos: la felicidad individual reposa en el dinero, el dinero florece en los árboles del presupuesto público, asociado a negocios ilícitos, sin importar los medios y procurando el control de daños. Con las nuevas lecturas bíblicas, no necesariamente hay que confesar pecados ni ver hacia atrás, como enseña la Iglesia católica y la espiritualidad de los pueblos ancestrales. El tercer camino de salvación, tristemente, corona esta época decadente: pobre en espíritu y luminosa en ciencia y tecnología.

 La generación del cambio tiene que aprender a lidiar con la época, pues la velocidad de las transformaciones en las diferentes pistas es radicalmente desigual. Y a la zaga va la conciencia. Ni siquiera la pandemia sacudió conciencias para transformar. Fue otra oportunidad para el robo y la estulticia de la mala obra.

 Imperfectos, con sospechas de traición, sin compartir muchos puntos de vista, a veces sin empatía personal o evidenciando ventajas malsanas, como sea, lo cierto es que profundizamos nuestra hora crítica. Caer al hoyo del Estado fallido que cavamos durante al menos tres décadas, es cuestión de poco tiempo. Tras los retrocesos del último año, es altamente probable que ocurra en el actual periodo de gobierno. Salir de él, cuando finalmente adquiramos conciencia de supervivencia como sociedad, nos llevará al menos dos generaciones.

 Este es el momento de organizar plena y conscientemente la resistencia ante la imposición del narco-Estado. Derechas, centros e izquierdas no criminales deben unirse en un frente político decidido a arrebatarle, desde ya, y en 2023, el timón de la nave al crimen organizado y sus cómplices, corruptos y oligarcas cegatones. Al sobrevivir al naufragio, volveremos a hablar de nuestras diferencias y la necesidad de edificar un país diferente.

 

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