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Editorial de hoy

Aplastar a los demás

opinion

“Expone a los seres humanos empoderados a practicar la crueldad y tortura social de los aislados”.

El poder transforma a las personas, confunde y convierte hasta a los defensores de la dignidad humana en ejemplo de contradicción. El caso del diputado Aldo Dávila debiera de analizarse como ejemplo paradigmático, porque ingresó a la política con respaldo mediático, abanderando el respeto y reconocimiento de la diversidad, tanto durante su campaña como al momento de ingresar celebrando al Congreso, institución de imagen endeble y fama cuestionada.

La noticia de su “triunfo”, entre comillas porque no es tal cosa sino una responsabilidad de representación otorgada por los votantes, obtuvo muestras de respaldo de un sector y lo expuso de inmediato al ‘bullying’, esa práctica nacional o universal que los niños aprenden en el hogar cuando no se les educa adecuadamente, que expone a los seres humanos empoderados a practicar la crueldad y tortura social de los aislados por alguna diferencia. Cualquier otredad es objeto de ataque, de quienes con sus diferencias se agrupan y divierten burlándose de quienes no pertenecen a la misma rosca.

El diputado Dávila sufrió algunos desmanes al inicio de su triunfo electoral, pero pasados los días de práctica en el seno del Congreso parece que aprendió las mañas del poder que ahora ejerce con una extraña actitud ante las autoridades similares a quienes llama al estrado para fiscalizar. La reunión hecha pública esta semana con uno de los ministros a quien reclamó cuentas por el manejo de una obra que apenas lleva un 40 por ciento de avance y ya está pagado el 90 por ciento, fue un espectáculo curioso. No importa el hecho, causas ni respuestas, sino la escena que mostraba a un ministro acorralado, temblando ante un juez del Santo Oficio, defendiéndose en medio de un interrogatorio prepotente, exigente, plagado de interrupciones propias de capataz de finca, con esa actitud tan parecida a la de quienes aplastan con el zapato a sus supuestos inferiores.

Nadie debe de hacer sentir esa especie de superioridad sobre otros.

El asunto no es únicamente del diputado en cuestión, sino de la cultura del poder, donde basta llegar a cualquiera a una posición de mando/castigo, para que adopte un estilo rudo, menospreciativo y radical. ¿Qué sucedió con el respeto al otro? ¿No se puede pedir cuentas con amabilidad y educación? Y lo que no comprensible es que quienes postulan la bandera de la igualdad y derechos humanos den muestras de superioridad sobre otros, porque se vuelven lo mismo. Ya es tiempo de restablecer la fórmula del respeto en la política, por dignidad.

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