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Editorial de hoy

Nuestra primera gran derrota republicana

opinion

‘“… y vi en fiera rebelión / hermanos ¡ay! contra hermanos, / arrancarse con las manos / los ojos y el corazón…”’ – Estrofa del poema “El Quetzal”, atribuido al autor de la letra original de nuestro Himno Nacional, José Joaquín Palma Lasso.

Mariano, bien parecido, fuerte y delgado, aunque sin hacer gala del poco disimulado apetito sexual predatorio de su padre, fue admirado por las mujeres y visto con respeto por los hombres, por su destreza con las armas, la palabra y el dinero. “El soltero más codiciado del reino”, por su carisma natural y su facilidad para el roce social de todo tipo,  adoptó sin dificultad alguna una posición de espontáneo liderazgo en el clan familiar, algo que no pasó desapercibido a su medio-hermano mayor, Vicente, “segundo marqués” de Aycinena, quien siempre protegió la condición de depositario legal del mayorazgo familiar de su primogénito, Juan José.  A la muerte de Vicente, en el convulso año de 1814, mientras Mariano asumió el rol que a su juicio demandaban las circunstancias, su sobrino Juan José, tres años menor, se refugió en la academia y en una estudiada piedad, tomando los hábitos en 1818 para acallar maledicencias por su temprana debilidad de carácter, mientras acompañaba a su fogoso tío en el “liderazgo conjunto” del clan,  a pesar de haber registrado legalmente su condición de “tercer marqués” desde 1816. Fue Mariano, a través de sus tertulias en la mansión que su padre construyó al costado sur del actual Parque Central (en no poca medida por haberse casado aquél, en primeras nupcias, con la hija de quien hoy llamaríamos el Alcalde de la nueva ciudad y de ser el Administrador General del Traslado de la capital) quien tejió una conveniente complicidad con intelectuales y artistas. Relaciones que incluirían con el tiempo el subsidio solapado a los dos principales periódicos rivales de la época, lo que le permitió sonsacar al ilustrado pero voluble Pedro Molina y al respetado y culto pero difícil, José Cecilio del Valle, para “hacerle el cerco” al inepto Gavino Gaínza.  Fue él, también, quien se carteó con Iturbide y posteriormente lidió con Filísola. También él, tras la debacle iturbidista (que le costó a la joven república la secesión chiapaneca, pero que nos permitió adoptar la Constitución Federal de 1824), quien orquestó la traición de los conservadores a Del Valle (de quien a pesar de haberlo tenido como abogado, por su independencia de criterio, “la familia” desconfiaba) y el fraude electoral que puso a Manuel José Arce en la Presidencia Federal y quien a fin de cuentas, también, lo sacó del poder. Asumir abiertamente la Jefatura del Estado, eso sí, a la postre le costaría prisión a él y confiscaciones y exilio a las más connotadas personalidades de la familia, por órdenes expresas de un indignado Francisco Morazán, tras entrar a la capital en 1829 al frente del “Ejército Aliado Protector de la Ley”…  

Pero durante su exilio en los EE. UU., mantenidos por su crédito comercial y sus ubicuos y ahora necesariamente discretos agentes en Guatemala, la relación entre tío y sobrino cambió.  Sumergidos plenamente en el ambiente racista de amigos sureños dueños de plantaciones, proveedores de algodón de sus clientes ingleses del añil (con quienes el clan Aycinena había hecho de antaño negocio, ilegal, paralelo al comercio “oficial” a través del Consulado), Juan José ganó algunas libras y seguridad en si mismo. El ahora gordito Aycinena se granjeó fama de “ideólogo” al publicar un libro (apodado “el Toro amarillo”, por el diseño ámbar de su pasta y “lo cornudo” de su contenido) en el que argumentaba, entre otras sandeces, la supuesta superioridad moral de los “nobles” guatemaltecos en relación a los esclavistas norteamericanos, pues, decía, los primeros no trataban “a sus indios” como estos últimos a sus esclavos. Desde la primacía del “liderazgo conjunto”, relegando a su tío a un rol más “administrativo”, rodeándolo deliberadamente de primos y otros parientes; tomó el timón político del clan, volviéndose un maestro de la intriga y la manipulación. En contubernio con el también exilado (en La Habana) Arzobispo de Guatemala, Ramón de Casáus y Torres, ‘el otrora apologista de la conveniencia de azotar a los prisioneros políticos antimonarquistas’, conspiraba contra la Federación, pero sobretodo, contra el futurista pero poco realista gobierno estatal de Mariano Gálvez, instigando al bajo clero a oponerse desde el púlpito “al régimen hereje”…

Ese otro Mariano, originalmente expósito, pero “socialmente conectado” por haber sido criado por doña Gertrudis de Gálvez, dama de la más alta alcurnia capitalina, fue probablemente el guatemalteco más inteligente de su generación.  Inicialmente popular con tirios y troyanos y ardiente defensor de la modernización política del istmo, formó parte en 1823-25 de la Asamblea Constituyente y asumió la jefatura del Estado de Guatemala dos períodos, el primero en 1831 y el segundo en 1835, después de que José Cecilio del Valle ganó su segunda elección a la Presidencia Federal, para ser burlado de nuevo -el sabio Valle- por nuestro cruel destino, esta vez por una muerte repentina, así como anteriormente por el robo que de su investidura orquestó el clan. En búsqueda de la transformación estructural del país, Mariano Gálvez inició los trabajos para crear el futuro Registro de la Propiedad Inmueble, con el propósito de incorporar las “tierras baldías” al sistema económico, mediante el fomento de la propiedad privada. Por la sistemática obstaculización de los conservadores, el proceso de creación de nuevos propietarios no pudo ser aprovechado para hacer lo que haría Lincoln en los EEUU unas décadas después y en vez de ello, condujo a presiones sobre las tierras comunales de varios grupos indígenas que por eso, empezaron a desconfiar de los liberales.  Sus reformas fiscales y educativas sufrieron suerte similar, pero lo que verdaderamente encendió las alarmas de los “cachurecos”, fue su intención de democratizar la administración de justicia mediante la utilización del sistema de ‘juicios por jurados’, como se hacía en la entonces ya exitosa república norteamericana.  Estas reformas devinieron impopulares e impracticables, sobre todo porque se vieron acompañadas de un nuevo impuesto ($2 per cápita, anual), indispensable para sostener fiscalmente a la comparativamente más cara estructura dual (federal y estatal) de ese nuevo sistema de gobierno ‘de tres poderes’. Cuando sobrevino la epidemia del cólera (1,837), los curas de parroquia empezaron a decir que aquello era “castigo de Dios” porque el pueblo permitía la existencia de un “gobierno hereje”, con jueces que ¡hasta “casaban y descasaban”! Ello dio paso a la insurrección generalizada y al surgimiento de un personaje desconocido aquí hasta entonces: el guerrillero rural mestizo, ‘con fusil y a caballo’, luchando por traer de vuelta “los buenos tiempos” del régimen colonial…

Rafael Carrera, mestizo del barrio capitalino de La Candelaria, se había avecindado en Mataquescuintla, en el corazón de una región en la que de antaño se había venido desdibujando el sistema colonial de “las dos repúblicas” que aún subsistía virtualmente intacto en “los Altos” y el Occidente guatemalteco en general. Se enroló en la guerra civil de 1827-1829, ascendiendo en la jerarquía militar hasta ser nombrado sargento de un batallón comandado por Antonio de Aycinena, otro de los muchos nietos del primer marqués. Ahí se percató de que un hombre bajito, diestro y presto a usar armas de fuego, podía intimidar a cualquiera, al margen de su condición física o social.  De alguna manera descubrió a Napoleón, de quien se refería -en confianza- como “mi otro yo”. En 1839 Rafael Carrera “incendió el campo” del Estado de Guatemala y con sus desarrapadas tropas saqueó su ciudad capital, sembrando el terror en las élites, tanto conservadoras como liberales. Mientras tanto, la Federación se desmoronaba en las provincias centroamericanas, cuando sus respectivas “aristocracias” se deslindaron de las reformas, ‘para propiciar su propios clanes mercantiles de provincia’. De Honduras a Costa Rica, los conservadores provincianos se concentraron en sus propios conflictos civiles estatales, normalmente materializados como conflictos entre ciudades rivales, obligando a los liberales provincianos, con la excepción de El Salvador, el bastión liberal, a abandonar a su suerte a la Federación y a los liberales guatemaltecos. Morazán, ya entonces distanciado de Gálvez por razones absurdas, no lo socorrió oportunamente, orillándolo a renunciar. Carrera, entonces, se hizo dueño de la situación. Cuando los criollos quetzaltecos buscaron la alianza de los salvadoreños para separarse de Guatemala, los indígenas de “los Altos” (envenenados por los curas contra las reformas liberales) buscaron la protección de Carrera, ya entonces “caudillo adorado de los pueblos”, quien ‘zanjó la situación fusilando a todo el liderazgo separatista altense’ (1,840) y eventualmente, imponiendo gobernantes de su gusto en Honduras y El Salvador. El clan capitalino, de vuelta del exilio y acostumbrado de antiguo a lidiar ‘junto a la curia’ con gobernantes a quienes despreciaba, astutamente hizo alianza estable con “el hombre”. Con los primos Manuel Francisco Pavón y Aycinena y Pedro de Aycinena como operadores visibles, reinstauraron el Consulado, para volver al monopolio legal del Comercio Exterior; sustituyeron la Constitución por “un Acta Constitutiva”; declararon “la independencia de Guatemala” (1847) con un simple decreto; ‘impusieron la censura previa a toda publicación’ (con Juan José como Censor); y finalmente, en 1,854, “gobernando tras bambalinas”, hicieron de Carrera un ‘monarca aldeano’, con el título de “presidente vitalicio”.  Eso sí, a sus espaldas, se reían de sus vistosos pero ridículos uniformes militares e intimando su supuesto analfabetismo, lo apodaban “Racarraca”… ¡Ahh! Nuestro viejo pensamiento conservador, destruyendo con sus miedos las estructuras republicanas, para proteger, egoísta y torpemente, sus intereses.  Por eso sigo diciendo hoy: NO AL GOLPE. Respeten a nuestras más altas Cortes. Respeten la Constitución…

 

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