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Editorial de hoy

El nuevo orden mundial

opinion

La difusión de la democracia es, por lo tanto, el objetivo general del orden internacional.

Si cada nación requiere de un mito fundacional y este se mantiene por múltiples generaciones de individuos, ese mito ejercerá una poderosa influencia en su vida social, económica y política. Así para entender las acciones de las naciones es necesario conocer y comprender sus mitos de fundación y hacer la traducción de esos mitos al presente actual y al futuro esperado.

En el modelo general del politólogo Samuel Huntington, en nuestra América se enfrentan dos grandes civilizaciones. La civilización “occidental y protestante” representada por los Estados Unidos al norte del río Bravo, y al sur, la civilización “mediterránea y católica” de los países indo-afro-iberoamericanos. Ahí se produce día a día un verdadero choque civilizatorio con múltiples consecuencias.

En el norte, la nación estadounidense adoptó como mito fundacional la llegada en 1620 de ciento dos colonos ingleses, treinta y cinco de ellos miembros de una facción religiosa puritana y radical que, perseguidos en Inglaterra buscaban fundar en América una comunidad libre y autogobernada. Así en 1845 el editor John O’Sullivan de ‘The Democratic Review’ acuñó la frase “el destino manifiesto de América” que sintetizaba el mito fundacional de la nación estadounidense y su consiguiente responsabilidad histórica; expandir el dominio nacional americano y con ello la democracia, la libertad y el capitalismo.

En el sur, las naciones que surgieron después de las independencias del siglo diecinueve, recuerdan la violencia del encuentro de indígenas y conquistadores y la difícil síntesis de las dos civilizaciones originarias generando dos familias de mitos. Una representada por el joven último emperador azteca, Cuauhtémoc, “el águila que cae”, y la otra por “la aparición del hombre de la raza cósmica”, en la visión optimista del filósofo José Vasconcelos. La primera de resistencia y sacrificio, la segunda como un proyecto grandioso y universal de un orden mundial americano y mestizo.

Henry Kissinger en su reciente libro, ‘El orden mundial: reflexiones sobre el carácter de las naciones y el curso de la historia’ plantea que mientras la visión europea del orden mundial considera a los pueblos y a los Estados como en constante competencia, “la visión estadounidense predominante considera a las personas inherentemente razonables e inclinadas hacia un acuerdo pacífico, de sentido común y trato justo. La difusión de la democracia es, por lo tanto, el objetivo general del orden internacional. La convicción de que los mercados libres elevarían el bienestar de los individuos, enriquecerían las sociedades y sustituirían la interdependencia económica por las rivalidades internacionales tradicionales. Desde este punto de vista, la Guerra Fría fue causada por las aberraciones del comunismo; tarde o temprano, la Unión Soviética debería volver a la comunidad de naciones. Entonces, un nuevo orden mundial abarcaría todas las regiones del mundo; los valores y objetivos compartidos harían que las condiciones dentro de los estados sean más humanas y que los conflictos entre estados sean menos probables”. Sin embargo, la pandemia del COVID-19 parece poner en entredicho esta benévola visión kissingeriana del orden mundial.

Si bien es cierto que la democracia y la gobernanza participativa se han convertido en una aspiración compartida, si no en una realidad universal, el flagelo de la pandemia actual está mostrando la fragilidad de ese orden mundial estadounidense construido al finalizar la Segunda Guerra Mundial, así como también del esquema multisecular tradicional europeo fundado en el balance de poder entre una multitud de Estados-nación soberanos.

Quizás este sea el momento de retomar, al menos para nuestra América, la Afro-indo-iberoamérica, el sueño de Simón Bolívar, de Lucas Alamán y de José Vasconcelos de un continente mestizo y unido de donde surgirá la “raza cósmica” y un nuevo orden mundial.

 

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