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Editorial de hoy

Las callecitas de Xelajú (V parte)

opinion

En recuerdo de Carlos Enrique “El Chino” Carrera Samayoa.

Continuación del cuento “Responso”

Sí, en esa ciudad mía sin olvidos, el poeta empacó sus ansias y se fue con su espíritu trashumante en busca de otras lunas para pensar sus sueños. Los fue dejando dormidos, de navío en navío; Jamaique, Comandante Pessoa, Sidney H. Short; de playa en playa: El Salvador, Managua, Puntarenas, Balboa, Curacao, Halifax, Groenlandia, Irlanda, Escocia, Edimburgo, Grinok, Sierra Leona, El Cairo, Kfradina, Marsella, El Havre, Río y muchas más. ¡Cuántas cuentas cortas de un rosario largo y heroico¡ En cada una escribió un poema. Se había enrolado en la Marina Francesa y combatía por Francia contra el nazismo. Supo de las noches de Londres iluminadas por las bombas y de las sofocantes e interminables marchas por el desierto.

Surcó el Mediterráneo, los mares del norte, el Océano Índico y el Mar Caribe. Batalló en Siria y en el Alamein, hasta que un día se puso su vestido de marinero orlado con todas sus galas combatientes y desfiló victorioso y a paso de vencedor por los Campos Elíseos hasta el Arco del Triunfo y ¡Hasta la Gloria¡ Concluida la aventura, se volvió. Y otra vez las noches suburbanas de Xela lo vieron visitando altares, buscándose a sí mismo; y otra vez la Cueva de los Bandidos, el bar Tecún, La Casita y muchas cantinas más, lo tuvieron de habitué en sus irredentas noches de desvelo –sin reloj, sin sueño y sin albores– seguir tras una esperanza que él sabía ya perdida. Y entre tragos largos y palabras breves, lo oyeron contar nostalgioso su deambular, su odisea y su por qué. ¿De dónde saldría este raro ejemplar de hombre, de soñador y poeta? ¿De dónde su estro luminoso? ¿De dónde su incorregible bohemia que él se bebía a cántaros, atragantándose como si fueran a quitársela?

De repente, se murió. Se fue con su traje de fusilero de marina, su gorra de pompón rojo y su bondad, llevando sobre la blusa de quartier-maitre la Cruz de Guerra y otras condecoraciones más, y bajo el brazo sus “Romances Añejos” para leérselos más allá de la muerte a la Reina de los Juegos Florales de aquellos lares.
Muy joven. Se murió muy joven, como mueren los dioses. A estas horas debe estar con ellos y con sus compañeros de farra en el cementerio de Xela o en el Olimpo, en su inacabable tertulia, en la búsqueda de su estrella, yendo en pos de una esperanza que él sabe que se perdió.

Bajo de estatura, cara de luna oscura tallada en piedra de María Tecún, la piel morena, lustrosa, los ojos nublados de alcohol y rientes de ensoñación y la mente y el corazón repletos a reventar de “delicatessen” del espíritu y del pensar.
Le decían Indio. De nombre, Víctor. Villagrán Amaya de apellidos.

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