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Editorial de hoy

Bután

opinion

Bután usa solo energía hidráulica que también vende a India y China. Es casi casi 100 por ciento orgánico.

Según la Biblia, el Popol Vuh y varios de los libros sagrados que han dado sentido a la forma de explicar el mundo de diversas culturas a lo largo y ancho del planeta hay una relación intrínseca entre ser humano, Dios y naturaleza.

En el libro del Génesis se sugiere que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales y estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Según la Biblia, las tres relaciones vitales se han roto, no sólo externamente, sino también dentro de nosotros. Esta ruptura es el “pecado”. La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios, negándonos a reconocernos como criaturas limitadas. Este hecho desnaturalizó también el mandato de «dominar» la tierra (cf. Gn 1,28) y de «labrarla y cuidarla » (cf. Gn 2,15).

En Laudato Papa Francisco invita a toda la humaidad a seguir el llamado de Francisco de Asís: hermanarnos con todos los seres vivientes, convertir esto en una práctica de vida colectiva. Pero ¿cómo se hace eso?

Leonardo Boff establece que el «vivir mejor» supone una ética del progreso ilimitado y nos incita a una competición con los otros para crear más y más condiciones para «vivir mejor».

Por el contrario, el «buen vivir» apunta a una ética de lo suficiente para toda la comunidad, y no solamente para el individuo. El «buen vivir» supone una visión holística e integradora del ser humano, inmerso en la gran comunidad terrenal, que incluye además de al ser humano, el aire, el agua, los suelos, las montañas, los árboles y los animales; es estar en profunda comunión con la Tierra, con las energías del Universo, y con Dios.

Desde el “buen vivir” se practica la colaboración más que la competencia. Es una manera de establecer buenas prácticas sociales y ecológicas para nosotros mismos y para quienes vendrán después. Esta definición que hace Boff parece encontrar eco o cabida en lo que sucede hoy en las faldas del Himalaya.

Allá, al pie del coloso Himalaya, y entre dos de los países más poblados del planeta, se encuentra Bután, un país budista. Bután tiene una sociedad, una historia y un camino labrado a cincel y piedra, interesante:

Primero, porque en medio de un mundo ciego que parece asistir a su propia autodestrucción y en el que se valora más el tener que el ser, este es el primer país que estableció oficialmente el «Índice de Felicidad Interna Bruta». Esta no se mide por criterios cuantitativos, sino cualitativos.

El concepto de felicidad en Bután tiene un significado diferente que en los países industrializados. La filosofía de la felicidad nacional bruta presenta varias dimensiones: es integral, reconoce las necesidades espirituales, materiales, físicas o sociales de las personas; insiste en un progreso equilibrado; concibe la felicidad como un fenómeno colectivo; es sostenible desde el punto de vista ecológico, porque busca conseguir el bienestar para las generaciones presentes y futuras, y equitativa, puesto que logra una distribución justa y razonable de bienestar entre las personas.

Este índice mide el buen gobierno de las autoridades, distribución equitativa de los excedentes de la agricultura de subsistencia, de la extracción vegetal y de la venta de energía a la India, buena salud y educación y, especialmente, buen nivel de cooperación de todos para garantizar la paz social.

Bután usa solo energía hidráulica que también vende a India y China. Es casi casi 100 por ciento orgánico.

Este minúsculo país, cuyo territorio está cubierto con 72 por ciento de bosques protegidos que albergan a miles de especies es un modelo económico socialmente justo y ambientalmente sano, respetuoso con nuestra “casa común” que decía San Francisco y que estos campesinos budistas intentan construir con sus prácticas con la tierra y meditaciones. “Lo que me doy a mí, es lo que doy a los demás”. “Lo que deseo para mí, lo deseo para el resto”.

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