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Editorial de hoy

El timo del fraude y nuevas elecciones

opinion

Confían en la bendición de Trump..

Desde el retorno al régimen de legalidad en 1985 hemos celebrado ocho elecciones generales sin sombra de fraude. Siempre ha habido errores de conteo e inconformidad de los perdedores, pero intrascendentes. En enero de 1996, en unareñida competencia entre Álvaro Arzú y Alfonso Portillo ocurrió un súbito apagón mientras se introducía la información de las actas electorales en el sistema de cómputo. Considerando que la diferencia de votos fue apenas 32 mil (2 puntos porcentuales), los correligionarios del FRG alegaron fraude, pero no lo hizo el candidato y Arzú gobernó los siguientes cuatro años.

Fraudes electorales ocurrieron en 1974 cuando el Alto Mando del Ejército le arrebató groseramente el triunfo al Frente Nacional de Oposición que promovía a Efraín Ríos Montt como candidato presidencial. El fraude se repitió en 1978 y se agotó en 1982 como fórmula de reafirmación del régimen militar.

Según el contexto, el fraude se asocia a golpes de Estado. En 1963 ante el inminente retorno del expresidente Juan José Arévalo, la jerarquía militar dio el golpe. El statu quo temía que Arévalo ganase las elecciones para retomar el programa político de 1944. El ambiente estaba crispado por el levantamiento de los oficiales jóvenes en noviembre de 1960, el uso del territorio nacional para entrenar cubanos que desembarcarían en la Bahía de Cochinos con el objetivo de derrocar a Fidel Castro, y las Jornadas de marzo-abril de 1962 que pusieron en jaque el régimen corrupto de Miguel Ydígoras Fuentes. El golpe permitió que el statu quo recompusiera el sistema. El fraude electoral de marzo 1982, e inmediatamente el golpe de Estado que promovió la oficialidad joven del Ejército –elevando a Ríos Montt como jefe de Estado- ocurrió bajo la asfixia del aislamiento internacional y el asedio de las guerrillas. El golpe recompuso el sistema político, y, aunque limitado, dio un tanque de oxígeno internacional al régimen mientras arrebataba, con matanzas inenarrables (y estrategias de cooptación, como las Patrullas de Autodefensa Civil), las bases indígenas a la insurgencia.

Esta vez la proclama anticipada (o preventiva, como en 1963) de fraude electoral tiene como contexto la sacudida sin precedentes del intocable régimen patrimonialista que promovieron CICIG y MP bajo la dirección de Iván Velásquez y Thelma Aldana. El resultado de las elecciones del pasado 16 de junio dejó como finalistas a Sandra Torres y Alejandro Giammattei. Sandra Torres fue temida y aborrecida durante el periodo en que ejerció como Primera Dama en el gobierno de Álvaro Colom. El statu quo la percibe como amenaza o, en todo caso, indeseable. Giammattei es conocido voluble, impredecible e ingobernable.

Esas opciones no ofrecen garantías para retomar el control del sistema tras tremendo susto. Además, estamos en la antesala de la renovación del Organismo Judicial. Muy diferentes serían los resultados de la integración de las Cortes si Sandra Torres gana el 11 de agosto (con lo cual extiende su poder en el Estado, dándole capacidad para integrar la próxima CC). Y diferente la votación en el Congreso para los propuestos por la Comisión si la convulsión e incertidumbre electoral se extienden hasta octubre. De eso se trata la proclamación anticipada y sin base empírica del fraude. Repetir las elecciones es un timo. Con 19 candidatos que fragmentan el voto obtendrán el mismo resultado, salvo que las reduzcan a cuatro o cinco, en cuyo caso pasaría a segunda vuelta el as bajo la manga, alguien presentable a los electores urbanos, con imagen internacional y, sobre todo, dando garantías de borrón y cuenta nueva. La estrategia del statu quo rompe la legalidad electoral, pero confía en la bendición de Trump y para eso sirve la ofrenda al todopoderoso Trump de convertir Guatemala en campo de concentración de migrantes, incluidos los nuestros.

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