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Editorial de hoy

Hasta tocar fondo

opinion

Estos males se entronizaron poco a poco hasta llegar a copar todo el país.

Meses antes de partir al Inframundo, el esforzado y autodidacta profesor Juan Ixcoy Quiroa, se lamentaba de cinco de nuestros inveterados males: la impunidad, la corrupción, el desorden, el caos  y la anarquía reinantes en esta irredenta tierra. Estos males se entronizaron poco a poco hasta llegar a copar todo el país. Al orden lo desplazó el caos; la injuria aplastó al respeto; la patanería borró a la cortesía. Por eso es que silbatazos de la policía, señales de alto y luces de los semáforos no sirven para nada. Cada quien hace lo que le da la gana y se las espanta como puede. Alguien que atropella tiene más mérito que uno que cede el paso. Un váyase al carajo es más importante que un buenos días.

Nadie como el Cabezón para jugar coyolas. Tenso el pulgar sostenido por el dedo mediano; el índice, ni extendido ni doblado; la catapulta de los dedos soltaba con fuerza la canica que se estrellaba contra el cinco enemigo y lo  alejaba del hoyo que ya creía suyo. Era bueno el Cabezón para los cincos.

Chalo en cambio era un experto en bailar trompo: un extremo del cordel bajaba desde la cabeza hasta el plomo de la punta subiendo después en círculos hasta alcanzar de nuevo la panza del trompo. Vuelta y vuelta se adormecía sobre la tierra sobre su único pie de plomo. Por el callejón formado por el índice y mediano se encaramaba en la palma de la mano lanzándose desde allí sobre el rostro del Padre las Casas estampado en un centavo que, asustado brincaba lejos. Nadie como Chalo para adormecer trompos. Después de aplastar la corcholata con un martillo, le abría dos agujeros con un punzón a través de los cuales pasaba una pita. Así armaba Pancho su chajalele, que hacía zumbar veloz, rasurando cartulinas, cuadernos,  pantalones y calzoncillos de sus amigos.

El rojo del semáforo, me permite en el asiento del copiloto del vehículo de mi esposa, hacer recuerdos de una época hermosa y placentera en la que relucían la cortesía, la moral, el respeto y la ética, dando tiempo a que titile el amarillo y aparezca el verde que dará paso a un montón de irrespetuosos bólidos. A mi lado, un auto deportivo de muchos caballos, una motocicleta con escape que truena y una camioneta con más bocina que frenos. Pretendiendo llegar antes, la camioneta ignora el rojo del semáforo, el motorista se adelanta al armatoste repleto de gente, y el del auto deportivo pisa el acelerador, rebasa a los infractores y me mira despectivo. Por la ventanilla trasera del carro del papá sonríe un patojo maleducado y burlón.

En el instante en que el amarillo se transforma en verde, el niño baja el vidrio de la ventanilla, apunta con  una pistola de juguete, y después de sacarme la lengua irrespetuosa, me vacía la tolva de fulminantes de plástico entre las dos inmensas orejas.

Lo último que alcanzo a ver a ambos lados de la avenida, es a un pueblo entero que se precipita vertiginosamente en un despeñadero, hasta tocar fondo.

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