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Editorial de hoy

La bendita ética

opinion

Una revolución moral es lo que demanda nuestra sociedad.

Hace algún tiempo, una persona me abordó en un evento académico y me expresó, entre otras cosas, que quienes rigen su conducta por la “bendita ética” no pueden nadar como peces en las turbulentas aguas de la política. En otras palabras, una persona ética no puede ser un político exitoso.

La ética es el conjunto de reglas morales que guían y gobiernan la conducta humana, cuyo contenido está determinado por los principios y valores relativos a la virtud, a la rectitud y al bien ser en general.

Ante la afirmación de mi interlocutor reaccioné con sorpresa, aunque me quedé reflexionando al respecto.

En todo caso, si como me dijo el fulano la “bendita ética” es un obstáculo para la acción política, entonces solamente se puede concluir que existe un divorcio real entre la política y la moral. Esto supondría que en política no hay límites y que es válido aquel viejo consejo que dice: En política debe actuarse siempre con el cuchillo adelante y el alma atrás. Luego, también debe suponerse que en el juego del poder no tiene chance alguno quien cree que la acción política se debe sujetar a guías y orientaciones de carácter moral, y que, por consiguiente, no deben admitirse actos y conductas que no privilegien el servicio, la lealtad, la justicia, el respeto, la responsabilidad y el Derecho.

En estricto apego al Derecho Político, el ejercicio de la política va precedido de ideales, idearios, aspiraciones altruistas, programas y planes serios y responsables; y, asimismo, su finalidad es resolver o facilitar la solución efectiva de los problemas sociales. La lucha política debe enfocarse en la realización del bien común, del interés general, y no de valerse, aprovecharse o servirse de la cosa pública para satisfacer necesidades personales o intereses creados. Por tanto, sostengo que la ética es inherente a la acción política.

En mi opinión, la política sin la ética se traduce en una acción humana vacía, vana, sin fruto, malograda. Sin duda, es el equivalente a la politiquería, es decir a maniobrar sin escrúpulos en el proceso de alcanzar el poder, a tratar de política con superficialidad y ligereza; e, incluso, a asumir la intriga, la bajeza, el engaño, la simulación y la traición como parte de las reglas del juego.

En Guatemala, la politiquería es lo que impera y, por ende, existe la falsa creencia de que la política es sucia y que los que se interesan y participan en el manejo de la cosa pública son malintencionados, maliciosos y corruptos. De ahí también que se crea que la “bendita ética” es un obstáculo para que la gente que rige su conducta por reglas morales pueda incursionar con éxito en el juego del poder, ya que en política todo se vale menos perder.

Empero, soy optimista y tengo fe en que se está produciendo un cambio de actitud respecto de la participación política, porque, en general, los guatemaltecos, especialmente los jóvenes, se ven a sí mismos como personas idealistas, honestas, desprendidas y trabajadoras; y, asimismo, repudian los pecados de la política criolla.

La “bendita ética” debe ser la norma en política y no un impedimento, estorbo o inconveniente para que la gente con principios, valores y virtudes se interese y participe en las cuestiones relativas al Estado, en el manejo de la cosa pública. Una revolución moral es lo que demanda nuestra sociedad, para que no sigamos rezagándonos del futuro, así como el rechazo de la vieja política, cuyos recursos son la demagogia y el clientelismo, y se rige por la fórmula gatopardista que postula “que todo cambie para que nada cambie”.

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