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Editorial de hoy

¿Iremos a escarmentar?

opinion

Enseñanza o castigo.

Las jornadas de 2015 en las plazas colmadas de ciudadanía, los insospechados resultados de las urnas y la agenda inconmovible del MP y la CICIG que exhibe a responsables del canibalismo fiscal del Estado, son campanadas, advertencias, señales, llamadas de atención a las tradicionales elites políticas y económicas, que no son tradicionales por el origen social ni por la línea de su linaje o tiempo cronológico, sino por el ejercicio reiterado de un método de poder cuyo producto histórico es esta Guatemala de corrupción, crimen y brutal desigualdad social que degrada sin límites la convivencia.

Tradicionales son, por ejemplo, quienes ahora mismo escamotean las reformas al régimen político y electoral queriendo asegurarse su derecho feudal; son tan tradicionales como quienes asumen la administración de gobierno este año para anidar en los próximos cuatro años pequeñas ventajas personales y escalar socialmente. Y no menos tradicionales que aquellos que disimuladamente desde oficinas oscuras del Congreso o del Ministerio de Economía –para poner un caso– ajustan las reglas comerciales para seguir ganando lesivamente cifras exorbitantes que no alcanzarían a ganar con productividad ni competencia leal.

El problema no es tan simple como trazar la raya entre culpables e inocentes, puros e impuros (categorías peligrosamente absolutistas). Ni siquiera se trata de tirar la primera piedra, ni la segunda ni la tercera. El momento del país se califica por el coraje y la lucidez de los actores para asumir la responsabilidad de la transformación. Es lo que leo, por ejemplo, en los valientes artículos del empresario Estuardo Porras publicados en Contrapoder. Esas son las señales, las campanadas, las advertencias. El dilema no es adaptarse o morir, pues las sociedades no mueren por decreto sino que atraviesan lentamente los infiernos de la disgregación de sus tejidos vitales y sus valores. El infierno no es el destino, es el camino, como podemos constatar en nuestra historia.

Ahora bien, en la historia del poder los impulsos del cambio ordinariamente provienen del ambiente (llamémosle ahora globalización) y se procesan (o no) internamente, de acuerdo al grado de incubación de la propia crisis. La lucha interna frente a los cambios, es decir, las crisis, es feroz e implacable, pone a prueba el carácter y el sentido de la razón de supervivencia personal y social.

Las llamadas de atención son el escarmiento, no el sacrificio de la “gallina de los huevos de oro”. Pero según como se asuma el escarmiento, sea como enseñanza voluntaria extraída de la propia experiencia, sea como castigo inescapable, es como se traza la raya sobre el terreno. Están quienes abrazan el futuro corrigiendo algunas prácticas sociales del pasado, y están aquellos que se aferran al pasado como única fuente de virtud y cultura de riqueza personal o familiar. Para Guatemala los dos caminos –renovación y mayor degradación– están abiertos y no hay nada escrito sobre su futuro. Lo único es que la prueba del escarmiento es inevitable.

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