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Editorial de hoy

La nueva Guatemala de la Asunción, 1898-1954. Economía política, crecimiento urbano y urbanización. Tomo I: 1898-1931. (IX parte)

opinion

Hay días de gloria, no porque uno sea el personaje central, sino porque retornan a nuestra memoria las gentes queridas de uno.

Decidí presentar una muestra musical de una fiesta de la familia Carrera Samayoa, en el mes de febrero de cualquier año. Este mes era especial en el seno de la familia, por el lado materno, del autor. Cumplían años varios de sus patriarcas y matriarcas. Para comenzar el 5 de febrero, había nacido en Xelajú, en 1923, El Chino, Carlos Enrique Carrera Samayoa. Las fiestas en su casona de la zona 13, eran memorables. Allí pude conocer a personalidades como el difunto doctor Ricardo Asturias Valenzuela y a sus amigos del Instituto Nacional Central para Varones. Para recordarlo, debidamente, el también virtuoso guitarrista guatemalteco, Tito Santis, interpretó tres temas que reflejan bien los gustos musicales, del doble padrino del autor del libro: Tristezas Quetzaltecas, de Víctor Woztbelí Aguilar Solórzano. El tango, La casita de mis viejos, de J. C. Cobián y E. Cadicamo. La Reformita del compositor y guitarrista guatemalteco, Danilo Rivera, originario de Xelajú. Barrio creado durante la Reforma Liberal en la ciudad capital.

Doña Martha Florencia Samayoa de Carrera, la matriarca del clan, cumplía años el 23 de febrero, acontecimiento que se celebraba a lo grande, inclusive con participación de artistas extranjeros –como Los Chaynas, del Perú y Chile, famosos intérpretes de Virgen Negra, de Las Voces del Plata de la Argentina, de grata recordación en nuestra ciudad, de los payadores y juglares, Polito y Pachaquito Fernández, también gauchos, para mencionar solamente tres grupos sudamericanos que honraron el hogar de los Carrera Samayoa– y de artistas guatemaltecos que El Chino Carrera se encargaba de llevar al onomástico de su progenitora. En homenaje a la vida y memoria de la abuela Martha, se interpretó por la cantante, Karin May, acompañada del acordeonista, Luis González Arocha, los siguientes temas: La Niña de Guatemala, poema musicalizado del bardo cubano, José Martí, quien fuera maestro normalista en nuestra ciudad y en la que viviera algunos años, a finales del siglo XIX, traído y permitido en el país por el gobierno liberal del general y licenciado Justo Rufino Barrios Auyón. El tango El día que me quieras composición de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, que era interpretado por el zorzal criollo. Esta creación es de 1935. El tango Mirando al Sur, de Eladia Blázquez, que a la maestra Olga Marina Carrera Samayoa de Velásquez, mater et magistra del autor del libro, le encantaba y que le recordaba a sus progenitores, a sus hermanos y hermanas, especialmente a Hilda Irene, que cumplía años el 25 de febrero. Así, llegamos a la parte final, de la entrega y presentación del libro, con un cierre con broche de oro. En una fiesta de los Carrera Samayoa, no podía faltar la música guatemalteca, mexicana, sudamericana o española. De uno de los homenajeados, artista de la noche, el compositor nacional, Amando Mando Parrilla Barrascout, escuchamos a Carlos Emilio Espinoza Maltés, cantar las siguientes melodías, acompañado del guitarrista Guillermo Antillón y en los teclados a Pablo Espinoza: Este afán de quererte. En recuerdo del profesor español, Juan de Dios González Anleo Grande de Castilla, asesor de la tesis doctoral, el tema: El beso. Y por último, el himno de la familia Carrera Samayoa, también dedicada a don Alfonso Bauer Paiz –ciudad en donde nos conocimos y que pasamos junto a Patricia y mis hijos pequeños, una velada inolvidable junto a Leopoldo Polito Sandoval Villeda y su estimada esposa– Luna de Xelajú, vals de Francisco Paco Pérez. Autoría que todavía hoy es cuestionada por algunos de los señorones y señoronas añejos y añejas de la ciudad de “La Estrella”. Hay días de gloria, no porque uno sea el personaje central, sino porque retornan a nuestra memoria las gentes queridas de uno, quienes entre otras cosas nos hicieron la infancia y la adolescencia dichosa. Y de cuya saudade –que es una nostalgia alegre–, todavía hoy nos alimentan el alma. Por cierto, ayer cumplí sesenta años y recordé mucho a nuestros mayores, que ya se nos adelantaron al destino de todos.

Continuará…

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