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Editorial de hoy

De aquellos barros estos lodos

opinion

El tiempo demuestra que la afinidad artificial entre la verdad y la mentira no funciona, embarca a la gente pero crea incertidumbre y suspicacia.

Parte de la polémica actual la provocan los acuerdos de paz negociados por gobiernos débiles que buscaron legitimidad y fortaleza en el proceso. El último escondió la opacidad de su gestión y respiró tranquilo, logrando consolidar la privatización de los activos del Estado sin arrugarse. El proceso se dio cuando la sociedad había perdido el miedo y respeto a la guerrilla, al darse cuenta de que la fuente de sus ideales era el terror y el error, no la justicia ni la ética. Abandonada por un sistema político que se derrumbó sin acordarse de que existía, se precipitó en un abismo del que no pudo salir, subastando sus ideales acorralada por las circunstancias. Con habilidad convirtió su derrota militar en victoria política, utilizando su mejor carta: la mediocridad de los negociadores del gobierno. En ese contexto, una alianza que no le consultó al pasado ni al futuro desmanteló al Ejército sustituido por la plutocracia, donde lo mismo preside el gobierno un vendedor de iguanas o un coleccionista de tortugas, lo importante son los balances contables no el pópulo. La historia se repite con la diferencia de que en el siglo XIX sometieron a un grupo de obispos de una Iglesia autoritaria y poderosa y en el XX, a los generales de un Ejército burocrático debilitado por sus amigos. La interpretación de los valores cambia: Lo que ayer fue malo hoy es bueno y lo legal es ilegal.

Desde el balcón de la desconfianza la elite miró el viraje del gobierno sin salir de su asombro, acostumbrada a creer que todo florece en los brazos del mercado y que el Estado se reduce a un simple semáforo, impidiendo la modernización de la sociedad. Tampoco entendía la terquedad de su patrocinado al no admitir que la debilidad del gobierno radicaba en la falta de crítica profunda, en la pobreza ideológica, en su incapacidad y no en la ausencia de paz ni en los estragos que causa el invierno. Para la guerrilla todo fue miel sobre hojuelas. Al subirse a un tren sin rumbo jamás imaginó que sin pedirlo le iban a regalar un candil para salir del túnel, oportunidad de oro que perdió por falta de apoyo popular en las urnas y su incapacidad de generarlo, los resultados en las elecciones hablan solos. Casi desaparece del mapa electoral, quedando en su conciencia los ideales de la juventud generosa que se perdió en el mar de la muerte. El tiempo demuestra que la afinidad artificial entre la verdad y la mentira no funciona, embarca a la gente pero crea incertidumbre y suspicacia. Y la pregunta suelta es: Qué clase de asidero ético puede tener un acuerdo político sin consistencia que prometió convertir el país en un vergel y no lo hizo, desarticulado por la realidad.

La prisa por firmar la paz los obligó a equivocarse pensando que los acuerdos siempre se cumplen, bebiendo un jarabe elaborado en secreto sin convicción ni principios, cambiando el color y el sabor de los problemas sociales sin resolverlos. La innovación sustancial fue convertirla en un negocio, olvidando que la paz no la da el dinero. Que la paz es la integridad de una voluntad colectiva para enfrentar la realidad en su justa dimensión, un cambio cualitativo, un sacrificio que requiere una cuota de tolerancia mutua para que la sociedad se libere de la pesadilla que la agobia. Esa novedad mercantil que pretendió unir el odio y el amor a través de un puente de plata forrado de billetes, no puede aspirar a enseñarle a vivir a un pueblo que sabe administrar sus valores en la adversidad. Que sabe domesticar la miseria y convertirla en riqueza espiritual, no en su imagen como piensan los viejos y los nuevos dueños del Estado, que con un enfoque superficial apuestan salir de un presente difícil sin librarse de su pasado. Por eso la realidad es su peor enemigo, una realidad que no se extingue con palabras y que solo se puede superar empezando por entenderla.

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