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Editorial de hoy

Así me lo contó Lebowski

opinion

¡Qué actor barato! ¡Este tipo es un infiltrado de los demócratas!”.

 

Recientemente estuve en Nueva York, fue un viaje relámpago, de esos que te hacen saborear más el hotel que las calles de la ciudad. Sin embargo, el segundo día del periplo, decidí al final de la jornada ir al pub que estuviese más a la mano, para tomarme el reglamentario trago en un bar de la gran manzana. En el oeste de la moderna Babilonia, hay una serie de tugurios pequeños y bohemios que tienen su especial encanto. Me gustó uno estilo irlandés, entré y en la barra decidí tomarme un Tanqueray con tónica. El televisor transmitía un resumen del mitin que Donald Trump efectuaba en Ohio.

Simultáneamente, apreciaba la decoración del lugar, la fauna existente y oía la retórica testosterónica del nuevo fenómeno político en los Estados Unidos. El local no estaba en su noche, la barra tendría unos quince bancos, de los cuales estaban ocupados unos cuatro –el mío incluido–; de repente entró un hombre alto de unos 65 años, desaliñado, con pelo largo, barba y aspecto retro; al principio no lo reconocí, pero al sentarse a dos asientos de distancia, mi memoria sacó del archivero un dossier de imágenes que revelaron la identidad del concurrente. Se trataba del magnífico Jeffrey Lebowski, jugador de boliche consumado, desempleado con la orden de don Ramón y último mohicano del movimiento hippie en Los Ángeles.

Cuando cayó en la cuenta que lo observaba me lanzó un saludo amistoso, como si nos conociéramos desde hacía años. Correspondí con el mismo tono. Pidió su infaltable ruso blanco, transcurrieron unos segundos de mutismo y no nos quedó más que escuchar las arengas de la estrella en “El Aprendiz”.

Cuando Trump se refirió a los opositores que protestaban en su concentración y profirió su célebre frase: “¡Sáquenlos de aquí!” Jeffrey dijo un par de palabrotas “¡Qué actor barato! ¡Este tipo es un infiltrado de los demócratas!” hablando conmigo por ser el más cercano. Esbocé una sonrisa de incredulidad, pero me insistió: “¿Sabías que sus cheques de contribuciones a campañas políticas siempre fueron para el partido Demócrata? ¿Por qué crees que solo ataca a Sanders y con Hillary es indulgente? ¡Porque son socios en la conspiración!” se respondió. En ese instante mi expresión cambió. “Este tipo es una caricaturización de un líder republicano. ¡Míralo! ¡Está recitando un rol! ¡No es creíble lo que dice! Es un germen nocivo para esos tíos”. Mientras yo actuaba como émulo de Neo cuando Morfeo le explicaba la Matrix, en la tele Trump preguntaba: “¿Quién va a pagar por el muro?” y la gente delirante gritaba: “¡Mexicou!”.

“Tú verás que si no lo nominan, participará de todas formas y dividirá el voto de los conservadores. Si lo nominan, todos los conservadores moderados, liberales, latinos, afroamericanos y progresistas nos iremos con Hillary. ¡Hasta Romney dice que es un fraude! Seguro cuando ella gane, las empresas de Trump serán los grandes contratistas del gobierno”.

Mientras lo escuchaba decidí pedir otro… pero triple; le pregunté quién había metido esas cosas en su cabeza y me respondió que eran producto de las innumerables chuzas que en el boliche había logrado durante años; no entendí muy bien la relación. “Me volví nihilista y soy de los siete de Seattle, para mí no llegamos a la Luna, los terremotos son provocados por un arma secreta y Kissinger era reptiliano” espetó. Entonces terminé mi “drink”, pagué la cuenta y me despedí. Confieso que desde esa noche, cada vez que veo a Trump en la tele, me resuenan esas palabras y hasta me pregunto si “The Donald” –como lo llama la ex– ¿No será reptiliano?

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