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Editorial de hoy

Guatemala, América Latina y su guerra actual

opinion

En nuestros países hay infiernos que asfixian a sus pobladores.

Las migraciones hacia el norte de nuestro hemisferio expresan que América Latina ha tenido un desencuentro histórico con la desigualdad debido a la explotación, la discriminación respecto de los grupos subalternos, con regímenes al servicio de los grandes poderes. Por ello los de abajo han sufrido falta de educación, salud, empleo y salarios dignos, que los han orillado a emigrar, más aun, por la violencia desenfrenada.

Guatemala nunca ha estado sola en este ambiente de violencia que acecha a diario al continente, y del cual se está más que harto. La sufrimos en los ochenta y ahora tras los atentados de bombas caseras en tiendas y buses, para que paguen extorsiones, sabiendo que hay sectores interesados en producir pánico. En México se convive con la violencia diversa, incluso contra los emigrantes centroamericanos; o soportando matanzas como la de 43 muchachos de un Instituto Normal por grupos ligados al narcotráfico y funcionarios corruptos. Las estadísticas revelan que en México de 2007 al 2014 las muertes violentas de civiles fueron de más 100 mil, el doble de los civiles muertos en Irak y en Afganistán en ese periodo.

En Brasil, la situación está igual de tensa, con más de 50 mil homicidios al año, relacionados con las drogas, según comenta Misch Glenny sobre el libro Gangsters Warlords, del británico Ioan Grillo. La corrupción allá es igual a la de México y Guatemala. En nuestros países hay infiernos que asfixian a sus pobladores, y motivan a 200 mil centroamericanos al año a huir al norte, por falta de ingresos y a la violencia.

En el Triángulo Norte hay que enlazar la violencia histórica de regímenes contra las mayorías que se mantienen desde los años de 1871 hasta la Guerra Fría y llegan al presente. Esa cultura de la violencia estatal en décadas pasadas tuvo su contra parte con la violencia insurgente, ante la ausencia de democracia, produciendo choques que polarizaron a las sociedades con ideologías apoyadas por Moscú o por Washington, en mutua confrontación por el control del planeta. Ahí la gran emigración inicial. También hay una cultura de violencia inmemorial del machismo entre los grupos étnicos más variados. Y qué decir del racismo secular del tiempo de la colonia sobre los sojuzgados, una violencia que engendró violencia hasta nuestros días, como Trump la promueve en su campaña electoral. Honro a la señora Clinton que lo combate y porque enalteció a una indígena guatemalteca como nunca ha hecho un poderoso local.

Para los analistas de EE. UU. este deterioro al sur del río Grande tiene a la corrupción como una de las causas. La misma no tiene bandera ideológica pero agravó la pobreza que llevará a más violencia. La respuesta es una solución integral a favor de eliminar las dos, con elites responsables y una sociedad que sepa acompañar a las grandes mayorías a mejorar vía un gobierno de inclusión. El Plan para la Prosperidad no funcionará como desencadenante de desarrollo si persiste el autismo de las elites, la corrupción de la clase política, con un capital emergente aliado del narco, de las maras o de algún empresario oscuro, induciendo al debilitamiento de las instituciones. La impunidad sigue con 98 por ciento, como durante la dictadura. Ese cáncer se ha extendido más donde hay cofradías de generales retirados que disputan el plano municipal, regional, nacional e internacional… royendo la vida de la ciudadanía y de las instituciones democráticas. Ante esa ausencia de plan para salir del subdesarrollo, la comunidad internacional acá ha surgido para defender los derechos conculcados. Por ello alabo su intromisión a favor de la transparencia y de los derechos del hombre, que no tienen fronteras, como saben los juristas expertos. Dicha comunidad y la ciudadanía quieren el fin de la impunidad y de la pobreza extrema. EE. UU. y la Unión Europea, por descargo de su pasado, ahora son los soportes de Naciones Unidas y de los derechos de las mayorías por el cumplimiento de los 17 objetivos del milenio. Eso será posible si lo hacemos juntos ya. No es un nuevo colonialismo. Es eliminar un cáncer terminal.

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