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Editorial de hoy

Tachín…

opinion

Estado laico (que eso no se confunda).

Los árboles asumen su plenitud pintando el aire tibio con lágrimas lila. Temporada entrelazada con un juego de emociones que caracterizan parte de nuestra idiosincrasia. Los cinco sentidos se avivan con paisajes, bacalaos, inciensos, bandas y mucho sol. Y uno sexto que come de recuerdos. Aunque haya quienes, acertadamente, renieguen argumentando que este es un Estado laico y que la fe no tiene porqué tomar las calles de la cultura guatemalteca. La verdad es que cuando las pupilas se tiñen de púrpura chinto, las tradiciones se posesionan junto con el olor anticuado de un pasado no resuelto. La punta de la lengua en el agujero de un mango de pita. Las resinas que pican la vista y perforan el olfato hasta el ahogo. Cuando eso ocurre, se postergan argumentos.

¿Cuál es el límite entre tradición y religión? Mientras lo dilucidamos, las ferias no se dan abasto. Las leyendas invaden imaginarios (“El Milagro de la Jacaranda”). Helados y chocobananos. Jocotes en miel flotan boca arriba en grandes ollas de peltre. Bollitos, coco en dulce, tortas con ajonjolí y chocolate caliente. “Por mi gran culpa”.

Neblina de súplica y redención. Azotes de bombas procesionales. Ventas de pelotas (de tripa), trompos, pirulís, dulces de miel y panitos miniatura. Papelitos de colores. Pasión, muerte y resurrección. Matilisguates, nubes rosadas bordeando orillas de carreteras (derruidas), esperan pacientes el paso del Nazareno; sediciosas gravileas y vainas del corozo con su olor a rancio, siempre añejo, haciendo arcos para recibir el indulto. Cofrades y cucuruchos. Concupiscencia y pecado. Mujeres enlutando su rostro inmune con mantillas caladas. Pan ázimo, vino, corona de espinas, látigo, clavos, lanza y la caña con vinagre. Cruz. Todo listo para arriesgarse a la indulgencia. Capirotes, estandartes, horquillas, andas y cargadores. Penitencia. Milagros denegados.

La arena, negra. El agua de río. El lago tibio. La gruta oscura. Tumulto de gente en los pueblos. El anda zarandeando húmedo aserrín teñido. Arrasando con frutas y requiebros.

Los conciertos ambulantes de marchas fúnebres filtran los oídos con tristeza. Aunque no se crea, dan ganas de llorar. Porque suenan a niñez, a abuelas, a la muleta que sostiene nuestra endeble identidad.

Sí, un Estado laico (que eso no se confunda), pero con recuerdos, con las escasas tradiciones barrocas que nos revuelven el amor por esta patria. Heredadas, fusionadas, pero, al fin y al cabo, nuestras. Se puede creer o no, pero aferrarse a la “costumbre” resulta ser una opción.

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