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Editorial de hoy

Mujeres en plural

opinion

Somos humanas, no féminas.

El mito de “La Mujer” se representa por medio de modelos patriarcales de lo que todas debemos ser. Cuidar a otros, guardar silencio, ser pudorosas y bonitas, soportar los abusos con resignación y obedecer sin cuestionar, son actitudes que se estimulan desde temprana edad para el fiel cumplimiento de la orden de complacer a los hombres.

Dibujada como ser inferior, a semejanza del hombre y para su servicio, “la mujer” ha sido una de las expresiones culturales que el sistema más ha promovido. A lo largo de siglos, escritores, pensadores, artistas e intelectuales han construido este arquetipo femenino universal, funcional a sus necesidades y deseos.

El papel que sacerdotes y maestros han jugado en la transmisión de imágenes opresivas, a través de las religiones y la educación, es fundamental para entender porqué existen hombres misóginos y mujeres esclavas. Las iglesias que niegan el derecho a la información deberían hacerse cargo de la responsabilidad que tienen en los altos índices de niñas violadas, obligadas a ser madres sin haber desarrollado criterios ni haber terminado de cumplir sus ciclos vitales, sin saber qué es la sexualidad y cómo funcionan sus cuerpos. Las feministas sabemos que uno de los pilares más sólidos del patriarcado es la creencia a ciegas en entidades superiores, casualmente masculinas.

Al escuchar hablar de “la mujer” en singular, deberíamos encender las alertas porque nos están remitiendo a un patrón que pretende implantarse en las conciencias con el fin de sujetarlas a determinados intereses. Insistir en la maternidad como esencia y destino ineludible es crear las condiciones ideológicas y emocionales para inducirnos a seguir produciendo seres para la explotación.

La calidad de las condiciones de vida de las mujeres es clave para saber si una sociedad es democrática o no. Si ellas son las víctimas que pagan con sus vidas las
desigualdades económicas y políticas, si sus cuerpos son maltratados, si el Estado las margina y no atiende sus necesidades, es que algo está fallando gravemente. Donde las mujeres son menospreciadas, las niñas son violadas y vendidas es una sociedad enferma y descompuesta que debe transformarse.

Quienes se niegan a dejar las prácticas sexistas y se instalan férreamente en sus cotos de poder, los que no asumen responsabilidades domésticas, los que agreden, insultan y golpean no son hombres íntegros, sino viles machos. Los que entienden las causas de la desigualdad y no hacen nada por cambiar, son cómplices funcionales al sistema, tuercas de una maquinaria que nos impide convivir como personas dignas.

Las luchas en busca de justicia, contra la violencia, por la paridad, en defensa de los territorios, por los derechos humanos y a favor de la paz son llevadas adelante por mujeres diferentes, en diversos lugares y tiempos. La mujer sumisa y aguantadora que hoy exponen como estereotipo no nos representa a todas. Las mujeres en Guatemala hemos roto barreras, saltado trancas y ganado terreno. Somos la mitad de la población. Merecemos su respeto.

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