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Editorial de hoy

Filibusterismo jurídico

opinion

Los formalismos fueron el arma obstruccionista de la defensa.

Guatemala es el país de las formalidades, aquí dicen que el hombre debe ser feo, fuerte y formal. Cuando ven a un muchachito que se hace el responsable frente a sus mayores, dicen las viejitas que es ya “formalito”. Si alguien tiene una novia con perspectivas de casamiento, expresa que tiene una relación “formal”; cuando alguien se dedica mucho a los menesteres de Venus y Baco, la gente dice: “No agarra formalidad”. En fin, imaginario social que ve en la formalidad una de las grandes virtudes en nuestra florida nación.

Ese formalismo se ha convertido en la quinta esencia de nuestro sistema jurídico, al punto que muchos de nuestros letrados en derecho, son extremadamente puntillosos en las formas para desacreditar, atacar, desprestigiar e invalidar el fondo de los casos.

Tuve la oportunidad de asistir a la audiencia del colaborador eficaz Salvador Estuardo González, con quien cultivé una buena amistad desde hace años y que no veía hasta el surgimiento del caso “La Línea”. No entraré a efectuar juicios de valor sobre el papel de Estuardo y la figura del colaborador eficaz en Guatemala; sin embargo, deseo referirme al circo que presencié ese día, donde una fauna variopinta de 36 abogados se dedicó a obstaculizar la posibilidad del testimonio utilizando las más diversas estratagemas de torpedeo al proceso.

El anacrónico método de litigar en nuestro sistema legal, tuvo una de sus jornadas simbólicas ese 7 de marzo. Unas 20 cámaras de distintos medios ornaban la sala, la primera hora y media del evento –porque fue un show al mejor estilo de los PPV– los abogados de “La Línea” manifestaron sentirse intimidados por una camarita que había llevado el Ministerio Público para grabar la declaración del colaborador eficaz, con ello se logró la primera dilación. Luego interpusieron apelaciones arguyendo que no había notificación a las partes, para lo cual más de 12 litigantes gritaron, se lamentaron, se refirieron a Cristo que fue crucificado por ser perfecto, dijeron que el colaborador no les afectaba, que el acuerdo de colaboración sería descartado, compararon al juez Gálvez con un anestesista y verbalizaron una perorata de formalismos.

Cuando lo anterior fue rechazado, interpusieron recursos de reposición y lanzaron anatemas solapados al juzgador. Los tonos subieron, se dijeron ofendidos, violentados, sorprendidos, indignados, enervados y decepcionados; para entonces ya eran las 16:00 horas. “Eco” no pudo declarar ese día; empero, la audiencia no fue suspendida y se trasladó para el 8 de marzo –ayer martes–. 

Los formalismos fueron el arma obstruccionista de la defensa, reflejo de un sistema donde el memorial era el litigante indiscutible de las disputas jurídicas.

El nuevo Código Procesal Penal –aprobado hace apenas unos 20 años– obliga al debate y profundidad en los argumentos. En ese aspecto el MP cuenta con ventaja, pues el equipo jurídico de la CICIG tiene en sus abogados a profesionales mucho más capaces y probados en la preparación de los debates públicos. Los razonamientos basados en minucias formales, sofismas, distorsión de artículos y persuasión a base de personalidades histriónicas que se dirimen entre un pastor pentecostal y Orlando El Furioso con sus cien mil insolencias; son rudimentos que al parecer ya no alcanzan para inducir un fallo, sobre todo ahora que es más difícil sobornar o amenazar jueces.

Reformas a la figura del amparo, litigio malicioso y demás argucias para impedir la prosecución de la justicia, son pendientes que deberán ser abordados muy pronto en nuestro país.

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