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Editorial de hoy

Umberto Eco

opinion

Las redes sociales y el postmodernismo.

La muerte de Umberto Eco enluteció a la civilización occidental, esta que nos trajo de la edad de piedra a los viajes espaciales. Murió una de los grandes de las letras italianas, europeas y mundiales. Eco, era un erudito, ocultista, escritor y filósofo. Maestro del ensayo, profesor universitario. Novelista extraordinario.

Conocí a Eco hace unos veinte años cuando leí El nombre de la Rosa, la novela dividida en días, me enganchó, me enamoró, y me adentré en ese complejo y misterioso mundo medieval llevado de la mano del inquisidor franciscano Guillermo de Baskerville, me sentía Adso de Melk aprendiendo del sabio Guillermo. El vivir en esa abadía amurallada, ese mundo tan fuera de lo terrenal, construido para custodiar el altar ese sagrado lugar donde estaba el cuerpo de Cristo. Leer la primera novela de Eco me hizo conocer algo que de muy lejos vislumbraba en los gigantes como Cervantes o Shakespeare, y guardando las distancias y el tiempo en Semilla de Mostaza de Elisa Hall narrando la vida de don Sancho Álvarez de las Asturias y Nava.

Y así llegué a la que más me gustó, al El Péndulo de Foucault; novela dividida en diez sefirot y haberla disfrutado y decirlo puede etiquetarlo a uno como snob ya que al fin y al cabo Belbo, Casaubon y Diotallevi son unos intelectuales snobs que jugando jugando, se adentran en el mundo de las sociedades secretas: la Masonería, (a la que me honro en pertenecer), los Rosacruces, los Jesuitas hasta los Templarios todo en un plan imaginario para controlar el mundo. Se parece a lo que escribe Dan Brown, sobre María Magdalena, el Santo Grial, etcétera. Dan Brown tuvo que haber leído a Umberto Eco, quien con el Péndulo destroza las teorías de la conspiración. Logra también Eco una interesante, fascinante, clasificación de las mujeres.

De ahí salté, hace unos tres años a El Cementerio de Praga. Vivir ese fascinante París de 1897 es otra cosa. Leer las descripciones de los judíos: “el pueblo ateo por excelencia”. Los alemanes: “el más bajo nivel de humanidad concebible”. “… se tomaron en serio a un joven glotón y lujurioso Lutero”. Los franceses: “…perezosos, estafadores, rencorosos, celosos, orgullosos más allá de todo límite, consideran al que no es francés un salvaje”. Eso es humor sofisticado, no el de Fernando Díaz-Plaja, a quien también disfruté.

Umberto Eco, ese sabio al que han calificado como: “El hombre que lo sabía todo” ha muerto. Afortunadamente su obra perdurará y con ella sus pensamientos y sentencias como las que pronunció refiriéndose a los usuarios de las redes sociales esas que dan espacio a “legiones de idiotas”, y que yo permanentemente repito, y pocos entienden, sobre todo esos iluminados posmodernistas que por tres veces que fueron ingenuamente a la plaza, en días de asueto, y en ambiente de verbena a pedir la renuncia de los corruptos, ya creen equivocados que con eso ellos botaron a la Baldetti y a Pérez Molina. Pero eso los hace felices, y solo serán y harán el ridículo; lo peligroso es que pueden parar siendo tontos útiles de una corriente socialista que persiste en “refundar” el Estado. Qué razón tenía Umberto Eco.

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