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Editorial de hoy

Lecciones del caso Sepur Zarco

opinion

Un grupo de mujeres que evoluciona de la victimización al poder ciudadano.

El evento más trascendente de la semana recién pasada fue la sentencia del caso Sepur Zarco. Aparte de que la justicia es sanadora no solamente para las víctimas, sino para la sociedad en su conjunto, este caso es crucial para el proceso de construir la historia sin los desvíos que nos impuso la “historia oficial”.

Lo primero que quiero resaltar es el extraordinario proceso que sufrieron las mujeres de Sepur Zarco. En Guatemala los indígenas y particularmente las mujeres indígenas han sido objeto de un reiterado abuso. La Colonia construyó la idea de que los habitantes de “las Indias” eran simplemente un objeto de explotación utilizables de todas las maneras imaginables. Gente sin destino propio, sin derecho al deseo, sin presencia, sin humanidad. Un proceso de des-dignificación que los convirtió en víctimas, con mentalidad de víctima.

El proceso de des-dignificación continuó después de la Independencia criolla. Y se acentuó con el conflicto armado que sirvió de excusa para una nueva andanada de despojos de tierras, bajo un imperio de terror. Dentro del esquema del abuso radical, no se respetó ninguna frontera. Violar a las mujeres se convirtió en patrón de conducta. Sepur Zarco nos informa que el esquema podía incluir, además, una violación reiterada (esclavitud sexual) y la servidumbre.

Insertas en un tejido de horror, las mujeres de Sepur Zarco pudieron salir de eso. Y con ello nos dan una gran lección: se puede construir una conciencia autónoma, se puede recuperar el poder humano en medio de un régimen de abuso y se puede ser agente de cambio en medio de la desesperanza. Su compromiso ciudadano implicó trabajo y valor. Los escépticos de este país, consentidos y caprichosos, niegan que se puede transformar el statu quo. Las mujeres de Sepur Zarco les hablan y les dicen que les hace falta trabajo, esperanza, paciencia y, sobre todo, madurez.

De vital importancia, el caso Sepur Zarco nos demuestra también que, durante el conflicto armado, el paradigma racista manejó la estrategia de acusar a las comunidades indígenas de ser comunistas. Detrás de esta acusación estuvo escondida una intención perversa: despojar a la gente de su tierra. Entonces, ser comunista en Guatemala realmente significa intentar defender los legítimos derechos de posesión de la tierra, intentar organizarse en cooperativas o asociaciones campesinas para defender los intereses comunes. Hoy, después de los datos revelados en este caso, podemos afirmar que las cosas están más claras. Robar tierras a sus legítimos propietarios y luego utilizarlos como peones, sirvientas e inclusive, cuerpos disponibles para una sexualidad impuesta era la manera de defender la democracia.

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