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Editorial de hoy

La pena de muerte

opinion

Mi drástico repudio a la violencia. Mi profundo dolor y solidaridad con las víctimas.

Un país civilizado tiene como credo, defender la vida de todos sus habitantes. Sin discriminación ni hegemonías. Su anhelo es garantizar la feliz convivencia. Un país próspero se destina en prevenir la violencia. En educar a su niñez, a sus jóvenes para que asciendan como seres humanos íntegros de paz. El verbo “matar”, hoy es sustituido por el verbo “prevenir”, “cimentar”, “formar”.

La pena de muerte es un camino demasiado ingenuo para escapar del problema de violencia que padecemos; una disculpa para no afrontar sus causas reales. Una máscara de supuesto “orden” y “castigo” que no hace más que ocultar incapacidades debajo de la alfombra.

La pena de muerte es signo de barbarie, y no hay pruebas científicas válidas que respalden que tiene poder disuasorio sobre la delincuencia. Hoy, su erradicación está cobrando impulso en todas las regiones del mundo. Esta tendencia se ve fortalecida por el aumento de las ratificaciones de los tratados internacionales y regionales que prevén su definitiva abolición del planeta. Ojo que acá está parcialmente abolida, ya que no se aplica a las mujeres.

No es solución. No nos engañemos. Simplemente desvía las posibilidades de proporcionar soluciones efectivas como son las políticas sociales de inclusión. Toda ejecución es un acto brutal que deshumaniza a quienes la realizan y disminuye el valor que la sociedad atribuye a la vida humana. Un Estado democrático no puede recostarse en ella. Además, injusticias se han cometido al aplicarla equivocadamente. Luego, ya no hay retorno.

La violencia tiene su raíz en causas estructurales, como la exclusión, la marginalidad y la discriminación. De 60 por ciento de pobres, el 70 por ciento son jóvenes cuyo futuro se los escogió el Estado: migración, mano de obra barata, mercado informal o, en el peor de los casos, incorporación a las bandas criminales.

Por seguridad humana se entiende la necesidad de tener un techo, alimentación, educación, salud y acceso a los servicios básicos. Todos ellos factores fundamentales para acceder a un trabajo digno y garantizar la gobernabilidad política y social. La pena capital no educa ni sustituye, sino nos hace más violentos. Basta de aceptar soluciones simplistas a un problema tan complejo como lo es esta cultura de violencia generalizada. Si se trata de combatir la barbarie, pues no lo hagamos con venganza. Busquemos justicia, porque no se debe legislar desde el incalculable dolor de una víctima, sino desde la razón de un Estado.

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