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Editorial de hoy

¿Vivir o sentirse vivo?

opinion

La felicidad que le corresponde al hombre es la que le sobreviene cuando realiza la actividad que le es más propia.

El sábado pasado fue uno de esos días profundamente preciados, en los cuales puedo pasar mucho tiempo conmigo cuestionándome, haciéndome planteamientos y a veces simplemente observándome. Pasé el día entero sobre mi vieja Harley: quinientos kilómetros que me llevaron por montaña, playa y valle. Ocho horas de manejo ­–más algunas más que utilicé para comer, pasar fronteras y repostar gasolina­­– me permitieron la fortuna de estar doce horas recluido en mí.

Quizá la parte con la que más me identifico del trabajo de los antiguos pensadores griegos es el concepto aristotélico de la felicidad. Según él, la felicidad es aquello que acompaña a la realización del fin propio de cada ser vivo es decir, la felicidad que le corresponde al hombre es la que le sobreviene cuando realiza la actividad que le es más propia.

Quisiera resaltar esta parte: somos más felices mientras más integrada en nuestra vida esté la actividad que nos es más propia. La felicidad pues, según esto, proviene de encontrar lo que más hace resonancia en nuestra alma, dedicarnos a ello y buscar la consecución de la perfección. Seguramente usted lo ha experimentado ­–en mayor o en menor cantidad– cuando hace lo que más le gusta advierte que lo invade una gran dosis de placer, pero cuando sabe que además eso que ha hecho lo ha realizado con un gran nivel de sofisticidad, ese placer se ve complementado con un profundo sentimiento de satisfacción.

Según Aristóteles, es más propio del hombre el alma que el cuerpo por lo que la felicidad humana tendrá que ver más con la actividad del alma que con la del cuerpo; y de las actividades del alma con aquella que corresponde a la parte más típicamente humana, el alma intelectiva o racional.

Así que para enlazar ambos conceptos: mientras más alineada esté su vida a realizar actividades que son propias a su alma, más llena de felicidad estará su existencia.

En todo esto meditaba hace dos días mientras serpenteaba por la carretera, tomando curva tras curva, bajando la montaña y viendo aparecer el Océano abajo. La posibilidad de dedicarse a lo que a uno más le gusta en la vida es percibido como una gran dosis de suerte, cuando realmente debiera ser visto como una obligación. La resolución a encontrar y posteriormente a dedicarse a la actividad que más conectada está con nuestras almas es quizá el convenio más relevante al que debemos comprometernos. Es un acuerdo que debemos pactar con nosotros mismos.

Estoy convencido que las actividades que llenan mis días hoy por hoy son esas que mejor se adecuan a mi existencia particular. La consecución de esas tareas en compañía de las personas que he escogido para hacerlas son las que proveen de riqueza mi vida.

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