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Editorial de hoy

Iglesia versus Educación sexual

opinion

¿Qué autoridad moral asiste a la Iglesia católica para hablar de sexualidad?

No fue sorprendente la declaratoria de la Conferencia Episcopal ocupada de tapar el sol con un dedo. Según parece, la Iglesia asume que los jóvenes en Guatemala ignoran todo acerca de la sexualidad; que están en estado impoluto de esa pecaminosa noción del cuerpo como sede del deseo; que si no existe una intervención perversa del Estado, así se quedarán, vírgenes hasta que el santo matrimonio bendiga su unión y puedan procrear una docena de vástagos.

No estamos en aquellos violentos tiempos en que la Inquisición condenó a morir a los ilustres astrónomos que osaron afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol. Los jóvenes guatemaltecos tienen una vasta exposición a la sexualidad, sus hormonas los inclinarán indefectiblemente al deseo del cuerpo (que no es pecaminoso sino natural) y, seguramente, tendrán sexo antes del matrimonio. Le guste o no a la Iglesia, le guste o no a sus padres. Lo harán. En medio de este complejo tránsito hacia una sexualidad responsable pueden verse expuestos a una infinidad de riesgos: embarazos no deseados, enfermedades, sexo no deseado y otros abusos. La información que reciben de los medios masivos probablemente no los ayudará. Y si sus padres son unos mojigatos, o simplemente ignorantes, no acudirán a ellos. La educación sexual es imperativa.

Según la Iglesia católica y la poderosa red de asociaciones que la secundan, no debe informarse a los jóvenes de cosas tan horrendas como la diversidad sexual. Eso impone una obtusa segregación sobre personas que tienen todo el derecho a la escogencia, pues según la Constitución de la República esto no es prohibido. En otras palabras, la Iglesia promueve la discriminación.

Frente a este panorama, hay dos preguntas que debemos responder. En un Estado laico, ¿qué poder faculta a la Iglesia para intervenir en lo que debe legislarse? La Educación sexual es un tema de salud pública. El Estado debe resolver en favor de la mayoría y defender a los más vulnerables. Los católicos deberán encontrar maneras de convencer de sus prejuicios a sus seguidores, sin afectar al resto.

La otra pregunta es ¿con qué autoridad moral habla la Iglesia católica de educación sexual después de una abrumadora ola de curas pederastas que abusaron de infinidad de jóvenes? ¿No es una muestra que la represión sexual causa aberraciones en los más convencidos? Si los jóvenes abusados hubieran tenido una adecuada educación, podrían haber evitado el abuso y denunciarlo. Si la Iglesia tuviera la humildad de aprender de sus errores, en lugar de oponerse incluiría la educación sexual en la formación de sus propios clérigos y feligreses. En todo caso, perdió la autoridad (moral, pues no tiene otra) para hablar de sexualidad. Debería callarse por un asunto de elemental vergüenza.

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