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Editorial de hoy

Congress-land

opinion

Deontología Parlamentaria.

Érase una vez un país auténticamente democrático, y devotamente creyente y practicante del Estado de Derecho. Tenía un Congreso cuyo funcionamiento era tal, que siempre, sin excepción, se constituía en la virtud institucional que avalaba la consolidación de dicho régimen. Lo lograba, día a día, garantizando la representatividad, legalidad y transparencia en sus actuaciones parlamentarias.

Los diputados electos eran fieles a sus convicciones ideológicas. Esas mismas que lucían decorosamente en su quehacer político y ante todo, en el debate legislativo. Era así, pues, que además de su propio prestigio, velaban por la dignidad y respeto del Congreso al que pertenecían. Eran tan responsables de su conducta, que la Nación entera les brindaba las más altas consideraciones y respeto inherentes a su alto cargo.

Los debates parlamentarios eran de tal calidad, que una de las formas predilectas de educación cívica, era llevar a los niños a escuchar las discusiones en el pleno. Pues todos los diputados, sin excepción, al hacer uso de la palabra, argumentaban objetivamente sobre el asunto en discusión, y sus juicios o pronunciamientos eran evidenciados con explicaciones y hasta ilustraciones lógicas y razonables. Siempre prevalecía la corrección y el respeto para el Congreso y para cada uno de sus integrantes, pues la cortesía y moderación eran el común denominador de todos ellos.

El respeto entre los legisladores hacía que jamás se interrogaran unos a los otros. Cumplían fielmente las normas de conducta básicas, que exigían que si algún diputado requería explicaciones, debía pedirlas del Pleno o del Presidente, quien en su caso, instaba al ponente a dar las elucidaciones que conducían a aclarar el debate. Si había un Ministro que fuese invocado a una interpelación, las preguntas e interrogatorios se hacían siempre en forma cortés y comedida, aunque fuesen acérrimos contrincantes ideológicos.

En la conducción de las lidias argumentativas, el Presidente del Congreso cumplía su rol a cabalidad, pues lograba que siempre se realizaran con escrupuloso apego a las normas éticas parlamentarias.

Súbitamente, me desperté. Y el Congreso chapín sigue ahí. Y pensar que ese sueño podría ser una realidad, si los diputados cumplieran su propia ley orgánica. Lea usted por favor el tercer considerando, y los Artículos 53, 81, literales “h” y “d”, 82, y 83 de dicha ley. Toda una cátedra de deontología parlamentaria.

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