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Editorial de hoy

Dulce tormento

opinion

La laicidad es la arquitectura de la República.

Reglas claras conservan buenos Estados. Hay cierto temor que no se entienda lo que es un Estado laico. Cuando el gobierno delata síntomas de demasiada religiosidad, es bueno aclarar ciertas cosas.

En esta tierra, bautizada por Otto René Castillo “dulce tormento”, estamos mandados a promover la diversidad como un valor; la ciudadanía libre; la equidad y el respeto al pluralismo. Sin estereotipos ni afanes de hegemonía. Por medio de la educación pública, gratuita y laica encontramos una ruta amable para fomentar el compromiso con un lugar común. Para promover espacios de emancipación de pensamiento. Para combatir aquello producto de prejuicios. Porque la condición de ciudadano la da el sistema político, ¡nadie más! ¿Cómo fomentar nuestro propio pensamiento? ¿Cómo desamarrarlo de imposiciones?

La reflexión de Ferrer i Guardia es acertada para estos tiempos turbulentos, cuando afirma que la manera de atender la laicidad de un Estado no solo está vinculada a la separación de Iglesia y Estado, sino a la ambición y capacidad de liberar, de emanciparse de las personas de cualquier dogma, tutela o autoridad irracionalmente impuesta. Se refiere a la virtud de la tolerancia activa, la que ve en el otro más que a un individuo, más que a un ciudadano: a una persona con autonomía de conciencia inalienable. Hechos que solamente pueden expresarse en un Estado laico.

¿Qué seríamos sin autonomía de conciencia? Parece que ya es hora de fomentar un pensamiento amplio, analítico y serio sobre el estado de la laicidad en Guatemala. Sin solapas ni dobleces. Abiertamente.

Para hablar de la pluralidad, debemos de hacerlo desde el respeto por todas las opciones de conciencia y el trato en igualdad que estas reciben del Estado, sean religiosas o no. Porque es desde la determinación, desde la deliberación de un modelo social justo, como se podrá avanzar hacia recetas más cuidadosas de convivencia. ¡Vaya si no nos urge! Hay que entender la educación como el proceso continuo más idóneo para generar convivencia entre plurales. O sea, identidades diferentes en un mismo espacio público; ciudadanos con diversas opciones de conciencia y de tolerancia activa.

Se dice que la laicidad es la arquitectura de la República. La profundización democrática y la alianza de causas justas. La soberanía mental que navega por encima de las diferencias de hombres y mujeres libres. Donde “todas las religiones tienen la verdad pero en sus templos”. ¿Lo ponemos sobre la mesa?

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