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Editorial de hoy

La inflación de los delitos, las penas y la violencia

opinion

La cárcel se ha sobresaturado de personas que no deberían estar en ella, con las terribles consecuencias de un apiñamiento casi animal.

El exgobernador del Estado de México, Arturo Montiel, expresó hace algunos años que los “derechos humanos son para los humanos, no para las ratas”. Una visión parecida de la “buena gente” se expresa, por desgracia, con la muy usual y refranesca frase “muerto el perro se acabó la rabia” al referirse a quienes nos incomodan y vulneran, especialmente a los que llamamos delincuentes y según algunos, deben ser simplemente eliminados.  Quizá sea oportuno recordar que un proceso semejante de deshumanización se dio en la Alemania nazi primero para después poder llevar a cabo la eliminación de judíos, gitanos, eslavos y todo individuo que no correspondiera al ideal de la “raza aria”.

En épocas primitivas la venganza privada, de la familia o del clan afectado, era la forma normal de resolverlo. Más tarde, ya en los primeros Estados, aparecen leyes que limitan la venganza individual, el “ojo por ojo y diente por diente”, establece la tasa adecuada de la venganza privada que habría de ser sustituida por la venganza pública del poder estatal. Sin duda, la venganza es la forma primitiva de reducir la comisión de actos que lesionan a los individuos y a las comunidades.

En 1764 César Bonesana, marqués de Beccaria, publicó su libro De los delitos y las penas, en el que afirma que los delitos son violaciones al contrato social, por lo que la sociedad establece medidas proporcionales para evitar y reparar los daños causados. Sus ideas transformaron para bien la concepción tradicional del delito y del delincuente. La brutalidad con la que anteriormente se trataba a quienes transgredían el contrato social dio paso a una nueva forma de administración, más humana y racional. La tortura debería ser totalmente eliminada. La pena de muerte debería olvidarse. La prisión no debería seguir siendo más un simple disuasivo, sino un mecanismo de rehabilitación y educación del transgresor.

Gracias a Beccaria y a muchos otros expertos, principalmente europeos y americanos que continuaron ese trabajo transformador, gran parte del mundo occidental fue gradualmente humanizando su trato al delincuente. Como resultado, la violencia disminuyó también en esas sociedades, como lo demuestran numerosos estudios, entre ellos el de Steven Pinker.

Sin embargo, algunos gobiernos, respondiendo a las irracionales demandas de sus poblaciones, han incrementado demagógicamente el número y la clase de los delitos tipificados y las penas correspondientes. Se ha producido en los últimos cincuenta años una verdadera inflación en este sentido, que ya no guarda relación alguna con los bienes jurídicamente tutelados. Así, la cárcel se ha sobresaturado de personas que no deberían estar en ella, con las terribles consecuencias de un apiñamiento casi animal, la violación constante de los derechos humanos, y la corrupción rampante de las autoridades carcelarias y los internos.

El motín que anteayer dejó un saldo de 49 muertos en la cárcel de Topo Chico, en el estado mexicano de Nuevo León, o el incendio en la de Comayagua, Honduras, con más de trescientos ochenta víctimas mortales, son simplemente síntomas de sistemas penales corruptos, disfuncionales, inflados e inhumanos que nos remiten a épocas brutales y primitivas, dejadas atrás hace mucho tiempo.

Tanto las sociedades violentas e irracionales como los gobiernos corruptos y demagógicos, son el resultado de una peligrosa regresión a etapas en que las emociones desbocadas de los individuos nublan y/o acallan la razón, nuestra única función verdaderamente humana. Quizás haya que recordar más frecuentemente el grabado del gran Francisco de Goya en el que muestra que “el sueño de la razón produce monstruos”. Recuperemos la racionalidad penal, cuyo camino señaló el marqués de Beccaria.

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