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Editorial de hoy

La guerra y la paz

opinion

Hacer la guerra es más fácil que construir la paz porque construir es más difícil que destruir.

No se trata de la novela cumbre del maestro Tolstói que desintegra la grandeza de Napoleón con la fuerza de su narrativa extraordinaria en la que el héroe es el pueblo ruso. Es una relación breve de algunas guerras que el hombre hace a su imagen y semejanza en las que nada de raro tiene que el odio y el amor se den la mano como la noche y el día con la exactitud que la naturaleza impone con cierto desdén. Desde luego que si la guerra se hiciera por convicción no existiría porque nadie haría negocios y la paz sería la dueña y señora del universo y del corazón de los hombres por ser un derecho natural. En algunos conflictos siempre se cuela el terrorismo envuelto en papel ideológico de muchos colores para tomar indebidamente el nombre de guerra sin serlo, pintando en la mente de la juventud la violencia como método de lucha, sin que las campanas repiquen en su memoria cuando la sacrifican.

Hacer la guerra es más fácil que construir la paz porque construir es más difícil que destruir, la paz es una especie de luz sensible que se puede apagar en cualquier momento y dejar a las sociedades sumidas en tinieblas y confundidas. En Guatemala sucede al no darle a los acuerdos firmados la importancia que merecen, reflejándose en la situación que vivimos. La solución simple y concreta a viejos problemas políticos económicos y sociales no existe por falta de voluntad política de los gobiernos de turno y la incapacidad y corrupción de los funcionarios dedicados a la rapiña en el ejercicio de sus cargos. El pueblo les viene del norte y a pesar de tener tantos motivos para dejar de ser pobres, se descuida el crecimiento y desarrollo del país al no resolver la crisis estructural secular. Los dirigentes siempre posponen la modernización del Estado enredados en contradicciones estériles que ocultan nuestra realidad llena de pobreza y miseria, sin dar la talla que exige la magnitud de la problemática nacional para salir del pantano, dejando de darle tantas vueltas al asunto.

Cada cuatro años elegimos gobernantes que en vez de preocuparse de las necesidades del pueblo se dedican en cuerpo y alma a disfrutar las mieles del poder, brotando de manera espontánea la miseria humana escondida cuando piden el voto. No practican las virtudes cardinales ni las sociales menos las siete virtudes de las siete gradas del templo de Salomón y con fervor se entregan al desenfreno pleno que provoca el poder en los ignorantes. Olvidan que las relaciones político sociales se basan en principios éticos y morales, en la igualdad ante la ley consolidando la democracia y el Estado de Derecho, garantía confiable en el diseño de un mejor porvenir con justicia, libertad, solidaridad y paz que ha sido, es y será el legítimo y eterno anhelo de los pueblos. En política se analizan realidades dulces o amargas pero realidades, no deseos ni sueños. Los candidatos harían bien en recordar que la violencia verbal posee ingredientes explosivos que en la guerra electoral declarada o no es un error utilizar, que la gloria de la victoria tiene muchos dueños y que la responsabilidad de la derrota no se comparte. Así como los juicios en los tribunales se ganan o pierden en segunda instancia, las elecciones también y a veces del plato a la boca se cae la sopa. Cuando sucede la vanidad se mira en el espejo y resignada cuenta las arrugas y las heridas que deja una guerra de mentiras antes de hundirse en el olvido. La derrota es una victoria si se buscan sin atajos las causas sin culpar a la fámula, lo peor que puede pasar es no encontrarlas o no tener cocinera.

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