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Editorial de hoy

La ambición de poder

opinion

El ejercicio abusivo y odioso del poder público.

 

La Historia ilustra abundantemente sobre la ambición de poder político, así como sobre el ansia apasionada de alcanzar un poder sin límites, absoluto, y de por vida, eterno.

Detrás de la ambición de poder está la soberbia, caracterizada por la grandiosidad, el envanecimiento, el menosprecio por los demás y la codicia. No entiende el ensoberbecido que la vida misma es temporal, ya no digamos el ejercicio de la autoridad.

Shakespeare, en la tragedia de Macbeth, nos muestra elocuentemente esa ambición de poder político, al igual que lo efímero que resulta el ejercicio del poder y la amargura derivada de la vileza, la abyección, la traición y el crimen en el ascenso hacia la imposición, así como en la defensa y conservación del imperio

Macbeth (Rey de Escocia) y su esposa (Lady Macbeth) planean y conspiran perversamente por lograr la dominación absoluta. La perversión, cobardía y crueldad de ambos son expresadas magníficamente por Shakespeare, al igual que la euforia, la soledad y la miseria del poder.

Sin duda, la ambición de poder puede llevar a un ser humano fatuo, engreído e inescrupuloso no solo a sentirse Dios, sino a pisotear a los demás, a incurrir en grotescas canalladas, injusticias e, incluso, monstruosidades. Hitler y Stalin son ejemplos de verdaderos monstruos en el ejercicio del poder político, así como sobre el tremendo mal que causaron a las desprotegidas y vulnerables víctimas de sus despropósitos.

La perpetuación en el ejercicio del poder público le es inherente a tiranos y déspotas. No reconocen los principios que inspiran un Estado moderno de temporalidad en el ejercicio de los cargos públicos y de alternancia en el desempeño de la función pública. Su pretensión única es permanecer en el poder por siempre y sin límite alguno.

En América Latina, el despotismo vuelve una y otra vez. Ni bien se ha salido de un autócrata, cuando otro ambicioso, mesiánico o sociópata se perfila como nuevo dueño de vidas y haciendas. Los aspirantes a déspotas se rigen por el lema de “el cuchillo adelante y el alma atrás” y su desprecio por la legalidad es común a todos.

Sin embargo, una y otra vez los déspotas se terminan percatando que el poder es efímero, transitorio, pasajero, temporal. Más temprano que tarde tienen que asumir la responsabilidad de sus actuaciones, o sea rendir cuentas y pagar por los elotes que se comieron. Basta ver los casos de Mubarak (Egipto), Ben Alí (Túnez), Gadafi (Libia), Videla (Argentina) y Fujimori (Perú), entre otros.

La sociedad guatemalteca no es ajena al endiosamiento de los gobernantes, al ejercicio abusivo y odioso del poder público. La hijoputez, que describe con lucidez Marcelino Cereijido, en su obra Hacia una Teoría General sobre los Hijos de Puta, que se traduce en la maldad, la perversidad, la intención de fastidiar o dañar a los demás, es la característica distintiva del déspota, del todopoderoso, del arrogante, que también goza con humillar, ofender, maltratar, corromper y burlarse de sus súbditos, subordinados o conciudadanos.

El déspota, que se ve a sí mismo como un monarca absoluto, un emperador, también se siente con potestad para disponer de la cosa pública, para aprovecharse del cargo, para conceder privilegios, favores y prebendas; y, asimismo, para castigar, proscribir y condenar a los disidentes, adversarios o enemigos del régimen. Benevolente y cruel simultáneamente.

La esencia del constitucionalismo es imponer límites al ejercicio del poder público, controlar y fiscalizar los actos de gobierno, exigir rendición de cuentas y deducir responsabilidades legales en contra del administrador infiel y del funcionario que se excede de sus facultades regladas. Solo el constitucionalismo salva al pueblo del despotismo. Lord Acton es elocuente al afirmar: “El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente”.

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