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Editorial de hoy

Exégesis constitucional

opinion

El siglo de los jueces.

Entre las cosas positivas que ha tenido este despertar democrático, está el hecho que muchas personas tienen interés en saber qué dice la Constitución. Es la que nos organiza políticamente. No de casualidad se llama Constitución Política de la República de Guatemala. Su esencia es limitar el poder público mediante un sistema de pesos y contrapesos. Ello, para que se respeten nuestras libertades y derechos fundamentales y podamos vivir organizada y civilizadamente en comunidad. No recuerdo qué autor, de manera muy sintética, definía al constitucionalismo, como la “técnica de la libertad”. Es emocionante constatar ahora, por ejemplo, a estudiantes, médicos, economistas, amas de casa, taxistas, etcétera, hablar y comentar sobre la carta magna. Sin embargo, especialmente entre abogados, puede notarse cómo existen diferentes posturas que, pueden resumirse en dos grandes vertientes contrapuestas. Siguiendo a Néstor Pedro Sagüés en su obra La Interpretación Judicial de la Constitución, están quienes ven a nuestra norma fundamental como una “Constitución-Testamento”, o “Constitución Estatua”, frente a quienes la prefieren ver como una “Constitución Viviente”. Una acepción extrema, dice Sagüés, de la “Constitución-estatua”, es la que concibe a la Constitución como un cuerpo rígido, ya hecho, inmutable e incorrupto, compuesto por normas también ya prediseñadas que cabe lealmente cumplir, respetando la letra y el espíritu del constituyente histórico. En cambio, la doctrina de la “Constitución Viviente” considera lo anterior como una “idea mística”. Propugna más bien por reformular o “reescribir” la norma fundamental, de acuerdo al comportamiento de sus operadores y las reacciones sociales de apoyo o rechazo a ellos. El concepto de “lealtad constitucional” asume en esta postura otra connotación. Ser leal a la Constitución no implica ejecutar el mensaje del constituyente histórico, sino cumplir con la versión actualizada de dicho mensaje, en aras de ser fiel al constituyente actual. Pero como muy bien advierte el jurista argentino al inicio de la obra: “… no se trata, desde luego, de legitimar las perversiones exegéticas, ni consentir los caprichos hermenéuticos”. Estas líneas solamente pretendían resaltar la enorme relevancia social que tienen todos los jueces de nuestra nación, quienes durante su quehacer, se enfrentan a estas posibilidades. Este es el siglo de los jueces, para bien, o para mal.

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