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Editorial de hoy

El liderazgo de José Mujica

opinion

La ética debe imponer a la política un cambio de paradigma.

El gigantesco auditorio estaba a reventar. La gente esperaba con ilusión escuchar a José Mujica, expresidente y ahora senador de Uruguay. El magnetismo de este hombre resulta curioso: no avala ni con su presencia, ni con su discurso, los predominantes gritos por el éxito, la riqueza, la competencia, la eficiencia, en una sociedad global monetizada y muy alienada por el crudo mensaje neoliberal.

Cuando empieza a hablar, resulta inmediatamente íntimo. Sus palabras no suenan a discurso. Y, sin embargo, se trata de un muy bien articulado planteamiento ideológico de raigambre humanista que responde a los desafíos contemporáneos.

Ética y política. Para muchos dos palabras antitéticas. Sin embargo, sin ética la política abandona su razón de ser y se pierde en el mar de las ambiciones, hasta llegar a extremos nefastos, como la negación misma de la ciudadanía. Y entonces, si no existen ciudadanos, ¿a quién representan los políticos? ¿Son un fin en sí mismos?

Frente a una política vacía y sin norte, infestada de corrupción, Mujica propone partidos políticos comprometidos con la sistemática creación de ciudadanía. Empoderar a la gente para que luche por lo que le corresponde.

Cuando José Mujica habla de partidos políticos no está hablando de maquinarias electoreras con fines exclusivamente corruptos. Habla de proyectos intergeneracionales encargados de administrar los problemas actuales y responder a los retos futuros. Proyectos políticos que tienen su razón de ser en formar cuadros para enfrentar el porvenir. Porque los cambios profundos necesitan de procesos colectivos de largo plazo y de partidos políticos que sobrevivan a los individuos. Los partidos políticos son los encargados de realizar la utopía: un desarrollo que produzca felicidad humana. Solo así tiene sentido el desarrollo… y el ejercicio del poder.

El ser humano es un ser político porque vive en sociedad. De allí que la política sea un elemento fundamental de la vida de cada uno de nosotros. Un espacio que debe construirse para la realización de los fines fundamentales: la libertad, la vida, la felicidad, el amor. Sí… la política está íntimamente vinculada a nuestros afectos más acendrados, a nuestros deseos, y, en última instancia… a nuestra sobrevivencia. Por ello, al divorciarla de la ética, estamos poniendo en riesgo la existencia de lo humano.

Cuando comparamos nuestro ambiente político con este sabio mensaje, no podemos sino llegar a una conclusión: es una estafa. Los políticos en Guatemala no representan a nadie, ni a nada. Están vacíos de esencia misma de lo político. Y en palabras del propio Mujica: los pueblos perdonan los errores de sus gobiernos, pero nunca perdonan que los estafen.

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