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Editorial de hoy

El rincón de Casandra

opinion

EL ABC del diplomático.

Un ilustre diplomático francés del siglo pasado –medio en serio, medio en broma–, solía declarar que no es indispensable ser inteligente para ejercer con éxito dicha función, pero que, por el contrario, es imprescindible ser cortés. El Embajador Berthelot era de una inteligencia singular, pero sin duda un inveterado guasón.

 

En realidad es de preguntarse qué tanta inteligencia y sobre todo qué tipo de ella se requiere en tan compleja actividad. Se puede considerar que el tacto, la discreción, la prudencia son aptitudes diplomáticas que forman parte de un cierto género de inteligencia. Pero existen otras cualidades que surgen de la vocación misma del diplomático tales como el sentido crítico, el sentido común y cierto olfato determinantes estos para ser un profesional sagaz que permita juzgar adecuadamente, tanto las situaciones como los actores involucrados en ellas. Le dará eso elementos adecuados para informar con exactitud a su gobierno los hechos observados, sin por ello deformarlos ni adornarlos.

 

El diplomático al estar en misión debe ser leal y valiente. Valentía para expresarle al gobierno donde esté acreditado su opinión, sin por ello ofenderlo, y lealtad hacia el gobierno que representa aun arriesgándose a desagradarle. La mentira y la intriga útiles en los tiempos de Maquiavelo ya no son rentables ya que los medios de comunicación modernos no lo permiten: todo se sabe, poco se ignora. Por ello si un embajador viniese a intentar engañar a sus interlocutores perdería rápidamente toda credibilidad y por consiguiente su utilidad como diplomático.

 

Los medios de comunicación modernos permiten a los jefes de gobierno y ministros interrelacionarse directamente y esto podría hacer pensar que los representantes diplomáticos in situ han perdido parte de su vigencia. Ello es una verdad a medias ya que, aun en dichas circunstancias, la diplomacia se ha ampliado a nuevas actividades diversas como la economía, la cooperación, lo cultural en los cuales los jefes de misión deberán invertir gran parte de su esfuerzo en coordinarlas e impulsarlas poniendo en ello su sello personal. Pero aun al actuar en estas disciplinas –consideradas relativamente más relajantes que lo puramente político– que el diplomático pudiera tener que enfrentarse a la pasividad y aun a la agresividad de las autoridades locales –sobre todo mandos medios– del país donde ejerce su misión. En tal momento le convendrá conservar su sangre fría y recordar las instrucciones que Choiseul, Ministro del Rey de Francia Luis XV –siglo XVIII–, daba a sus embajadores: “El verdadero talento de un diplomático es decir la verdad con convicción y autoridad pero siempre con elegancia”… Lo cual sigue siendo de actualidad doscientos cincuenta años mas tarde.

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