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Editorial de hoy

Crisis Fiscal: ¿Cuál es el problema?

opinion

Argumentar que el problema fiscal de Guatemala no tiene sus orígenes en el gasto público, es temerario.

¡El problema es el gasto público! Contrario a lo que sostiene la mayoría de aspirantes a la Presidencia, la crisis financiera que vive actualmente el Gobierno no es producto de la falta de ingresos tributarios sino de las malas prácticas asociadas con la planificación, ejecución, monitoreo y evaluación del gasto público. Mientras no se resuelvan estos problemas no hay lugar para hablar de aumentar el gasto y/o los impuestos. Lo cual no quiere decir, como algunos candidatos presidenciales lo quieren hacer ver, que basta con cambiar de nombre algunos programas existentes, inventarse novedosos proyectos gubernamentales y cambiar de autoridades para que todo funcione de manera diferente.

 

Mientras no se comprenda los alcances y tipo de problemas que pueden ser encargados a burocracia pública, en vano se asigna presupuesto a proyectos y programas que, simplemente, son imposibles de planificar, ejecutar, monitorear y evaluar desde el sector público. Salvo, claro está, para quienes defendiendo ese tipo de gastos se enriquecen a la sombra del presupuesto público. Mientras más complejas y difíciles de realizar sean las tareas que se asignan a la burocracia estatal, más probable es que los recursos que se asignen a las mismas terminen engrosando los bolsillos de algún intermediario entre el Gobierno y la población o se pierdan en pura ineficiencia. Aparte de los votos que este tipo de gastos pueda representar para algún político, tal y como hoy está quedando demostrado en las preferencias electorales, y del enriquecimiento de varios de sus allegados, la mayor parte de lo que hasta hoy se ha gastado bajo la etiqueta de lo “social” durante los últimos 30 años, llámense gastos, fondos o programas, no han dado a la población los resultados esperados.

 

Mientras el manejo del gasto público siga respondiendo a consideraciones políticas, a los intereses económicos de quienes están en el poder; al pago de deudas de campaña, o a las exigencias sin límite de la dirigencia sindical pública, todo seguirá igual que siempre: abundancia para los políticos y sus aliados y pobreza para el pueblo. A lo sumo, dependiendo del partido que llegue al poder, cambiarán los nombres de quienes se enriquecen de la manipulación del presupuesto público. Argumentar que el problema fiscal de Guatemala no tiene sus orígenes en el gasto público, mientras se calla respecto de todas los problemas y malos manejos a lo largo del proceso presupuestario, no solo es negligente sino temerario. Todavía más cuando se habla de la necesidad de aumentar la pesada carga que llevan a cuestas los contribuyentes para resolver un falsa falta de recursos; pagar impuestos para este tipo de gastos no tiene sentido alguno. Bajo estas condiciones, el impuesto cobrado y mal usado es lo mismo que robar a quien paga los impuestos y a quienes deberían beneficiar el gasto.

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