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Editorial de hoy

Ithacas intensamente personales

opinion

Es en la conciencia del presente donde las experiencias se vuelven profundas o superficiales.

Por ahí leí alguna vez que la nostalgia es vivir en el pasado, la ansiedad en el futuro y la paz en el presente. Supongo que uno debe tener algo de los tres mundos presentes. Del pasado,  las lecciones y, ojalá, un cúmulo de recuerdos muy significativos. Idealmente el camino que nos trajo hasta acá está lleno de memorias de experiencias y personas que, si bien pueden haber desaparecido de nuestra vida cotidiana, siguen presentes ahí en la columna central que soporta la persona en la que nos hemos convertido. Del mundo futuro uno debiera tener muy claro el destino y las paradas que deberá tomar para llegar a ser la persona en la que uno ha definido que se quiere convertir. Y, finalmente, del presente uno debiera tener una clara conciencia de él. Uno realmente debiera estar muy claro de lo que está experimentando en el momento actual. Ese es el momento reinante, es ahí donde las experiencias se vuelven profundas o superficiales.

 

Invariablemente me sucede que al reflexionar acerca de esto paro entendiendo en diferente forma el significado de las Ithacas de Constantine Kavafis. Qué razón tenía el viejo Kavafis. El destino tiene que estar inconfundiblemente identificado, ser merecedor de los anhelos más profundos del individuo y debe permanecer claro durante el recorrido, pero al final no aportan nada en el destino, todo lo han entregado en el viaje. Eso es lo que aporta una Ithaca; un viaje espectacular y, sobre todo, la capacidad de entender su significado.

 

Reencontrarse con personas o lugares que, en algún momento, definieron momentos de profundo significado en nuestra vida pero que dejamos de ver por muchos años, es como revisitar el pasado. Es volverse a ver a uno mismo, ahora con los ojos de una persona que, ojalá, ha ganado en sabiduría. Sostener una conversación con una persona que uno no ha visto en muchos años es como verse reflejado en el pasado. Resulta una experiencia embriagante volver a ver el camino recorrido y encontrarse con que la esencia de una persona se mantiene pura.

 

Algo así es lo que he estado experimentando en las últimas semanas. Es como que el cosmos hubiese confabulado para ayudarme en un momento particularmente difícil en mi vida.  He redescubierto a personas que jugaron un papel importante en mi vida y que, por alguna razón que nadie recuerda, dejamos de vernos. Así, por un lado, he descubierto que colaboraciones profesionales a las que en un momento, mi socia y yo, le dedicamos mucho trabajo y entusiasmo, pero que no lograron avanzar ahora, con algunos años más de vida recorrida, resultan mucho más fácil producir y de levantar en vuelo.

 

Por otro lado, me reencontré con viejos amigos con los que antes compartíamos proyectos de vida, pero que dejé de ver al irme a estudiar afuera. Ahora puedo retomar esos proyectos con mejores recursos –tangibles e intangibles– para realizarlos. Y, finalmente, hace una semana reencontré fortuitamente a una amiga que, en circunstancias inverosímiles conocí en Burbank, California, hace casi veinte años. En esos años de adolescencia recorrimos el Pacific Coast Highway desde Burbank hasta San Francisco. Todo esto matiza profundamente mis días. Sin duda ha sido un agosto lleno de sorpresas. Sin duda ha sido un mes lleno de introspección.

 

Con frecuencia uno olvida lo importante que resulta mantenerse emocionado. Cuando las cosas empiezan a perder color es hora de reinventarse, es quizá ahí donde radica la plenitud. Reinventase sobre la plataforma que proveen los años de vida anteriormente recorridos, genera un vuelo bastante más alto y, por lo tanto, más emocionante.

 

Siempre he estado convencido que hay más valor en una vida integrada que en una balanceada. Descubro, con gratitud, que cada vez me es más fácil integrar mis intereses en una sola vida que, al substraer muchas actividades y sumar otras pocas, ya casi no logra diferenciar entre lo técnico y lo recreativo .

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