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Editorial de hoy

Ni discurso ni debate; apenas comunicación política

opinion

Nos quedan únicamente los llamados debates que organizan algunas instituciones.

El discurso, que es intrínseco a la ciencia política, ha dejado de ser utilizado por los aspirantes a puestos de relevancia nacional debido, seguramente, a la incapacidad que estos tienen de presentar en forma coherente y convincente la argumentación fundamentada para cada uno de los “grandes” temas de relevancia nacional. El discurso requiere de la retórica, ese arte de hablar con eficacia para lograr el convencimiento del público, provocando en este un sentimiento de adhesión. En Guatemala hace mucho tiempo no se cuenta con líderes que convenzan mediante discursos bien construidos, con sentido y con la belleza de la palabra oportuna y concisa.

 

Tampoco hemos tenido debates políticos entre contendientes a puestos de elección popular. Hace poco el licenciado Roberto Ardón presentó en un interesante libro el debate político en nuestro país, (Los debates políticos en Guatemala; FyG editores, 2015), estudiando tres casos históricos: los debates entre Alejandro Maldonado Aguirre y Manuel Colom Argueta en septiembre del año 1976; el de Francisco Villagrán Kramer y José Trinidad Uclés en noviembre de 1977; y el de Vinicio Cerezo y Jorge Serrano Elías en septiembre de 1990. La razón por la cual estos debates no se dan más con la profundidad de aquellos tres mencionados, es porque hoy los partidos políticos y sus representantes no tienen una ideología que los respalde; y si la tienen no la manifiestan públicamente para no comprometerse o para evitar generar reticencias en la población que opine diferente.

 

Al no haber ni discurso político (el de la retórica y dialéctica), ni debate político, (el de contendientes defendiendo posiciones antagónicas), lo que queda es únicamente la “comunicación política vía la propaganda”, que no es otra cosa que el intento de formar opinión pública y atraer voluntades hacia una persona o proyecto político, utilizando imágenes visuales y mensajes encapsulados que únicamente sirven para dar una impresión muy superficial sobre el tema que tratan, sin que necesariamente conlleven una significación esclarecedora.

 

Estrictamente hablando, en este periodo preelectoral no hemos tenido más que propaganda política –y muy poca comunicación política formal–, propaganda que busca mediante artificios publicitarios recrear mitos o creencias apetecidas por el público receptor, para hacerles creer en la capacidad del candidato de resolver esas problemáticas que la sociedad sufre, o esas aspiraciones por el futuro halagüeño.

 

Es pues un juego en que el espectáculo de imágenes, especialmente en la prensa escrita y la televisiva, sustituye la discusión sobre propuestas ideológicas y programáticas. Es, en síntesis, una lucha dispendiosa entre la capacidad del gasto que el partido político pueda financiar, y la sociedad soportar.

 

Es por ello que el Tribunal Supremo Electoral ha tenido que establecer máximos de gasto en propaganda política, pues la competencia por cargos de alta responsabilidad política se ha situado no en la capacidad de los contendientes, sino en la capacidad económica de los partidos. Capacidad económica que presenta serias dudas del origen de su financiación.

 

Nos quedan únicamente los llamados debates que organizan algunas instituciones (entre ellas la Asociación de Gerentes de Guatemala), debates que apenas lo son, pues se acotan a preguntas muy puntuales de las que se espera del contendiente respuestas muy precisas, sin dar tiempo a que se exprese con la libertad que se necesita para conocer sus capacidades discursivas y de convencimiento.

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