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Editorial de hoy

La soledad de Efraín Ríos Montt

opinion

No tuve ningún amigo en el Gobierno. Uno solo no tuve.

En marzo de 1990 realicé una entrevista de dos horas al general Efraín Ríos Montt, cuando se preparaba para lanzar su impedida candidatura presidencial. La transcripción inédita quedó traspapelada un cuarto de siglo, y ahora, cuando su figura es nuevamente noticia y motivo de opiniones encontradas, porque unos supuran deseo de castigo mientras otros reclaman compasión, encontré el documento memorable. Iniciamos hablando qué motivaba su candidatura, y dijo “Póngame por burro. Solo un burro se repite, y yo me voy a tropezar dos veces en la misma piedra”. Dialogamos en torno a su breve periodo de facto, cuando fue nombrado por los militares golpistas. Explicó que aceptó la responsabilidad porque “era un hombre muy dispuesto a servir a la nación, simplemente eso”, y que “acepté porque yo soy un emergente, yo no tenía programa alguno, no tenía nada preparado pero vi una necesidad, sentí la necesidad, porque estaban pidiendo auxilio y mi idea fue ver qué querían, y eso fue todo”. Dijo que se sintió “impulsado por una sed como de Semana Santa, como tratar de tomarme un refresco; no, ¿qué un refresco?, un coco sin pajilla usted; porque al tomarse un coco sin pajilla se le va a uno el agua por todos lados, entonces la cantidad de agua que el cuerpo absorbe es recibida de muchas formas, pero es poco consistente, retrasa la sed pero también baña”. Y luego se puso nostálgico y fue narrando el horror de sentirse que “estuve contra todos, a mí no me apoyó el Ejército, ni los ricos, ni los pobres, ni los comunistas, ni los anticomunistas, ni nadie”. Menciona que particularmente la institución militar resintió su presencia, porque él se opuso a que fuera un Ejército de ocupación, porque “debía integrarse al desarrollo, y eso fue lo que hicimos nosotros”. Pronto se quedó sin amigos: “El Estado sigue al pueblo, entonces no miento, no robo y no abuso se convirtió en una cuestión estatal. (…) Durante mi gobierno obligué a mantener ese concepto ético moral, y pronto ya no tuve ningún amigo en el Gobierno. Uno solo no tuve”. Y menos aún cuando “afecté a una serie de intereses muy especiales que estaban programando una cuestión específica, y lo más importante, que no me perdonaron, fue que no los dejé meter las manos en la cosa pública”. Confiesa que los funcionarios reaccionaron al ver que él estaba limpiando las instituciones, y como “por sus frutos ellos sabían que iban a caer, antes de que les sucediera, se deshicieron de mí”. Entonces recordó con tristeza la actitud de los burócratas que fueron uniformados durante su gobierno, quienes para celebrar el golpe de Estado “se quitaron el uniforme, lo pusieron en el suelo, se pararon y bailaron encima”.

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