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Editorial de hoy

Relatos 3

opinion

Invariablemente estepario: “La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un recorrido, el esbozo de un sendero”

El viejo sorbió un poco del café que recién nos habían servido y permaneció callado. Reflexivo. Quieto.

 

–Me sigue sorprendiendo lo mucho que algunas experiencias marcan la vida –dije–. Quizá precisamente de eso es que está hecha nuestra existencia: de lo que vivimos y cómo cambiamos ante ello. Seguramente las relaciones y las vivencias profundas nos moldean continuamente y nosotros, sin percibirlo, nos adaptamos.

 

–Hmm sí, quizá –dijo el viejo–. Hay una hermosa frase en El Lobo Estepario de Herman Hesse, quizá usted la ha leído, va algo así como “En lugar de simplificar tu alma, tendrás que acoger cada vez más mundo con tu alma ahora dolorosamente ensanchada”. Talvez sea así, joven. Para realmente vivir es necesario ensanchar nuestra alma y, quizá, eso sea doloroso. Eso es al fin vivir: exponerse a conocer otros lugares, nuevas personas, nuevas experiencias. Esto va de vuelta a lo que usted decía; lo qué más duele son los errores que cometemos en nuestras relaciones con la gente que amamos profundamente. Es muy difícil perdonarse el dolor que uno le pueda causar a un ser amado. Eso cuesta mucho. Por mi parte, lo único que puedo decir, es que ese es el único dolor que yo llevo aún por dentro, todo lo demás pasa.

 

–Ella debió haber sido realmente especial –dije–, tratando de animarlo a contarme detalles.

 

–Sí, una mujer excepcional, sin duda. Tan hermosa que muchas veces aún ya después de muchos meses de relación, mi mirada se cruzaba inesperadamente con su rostro y yo, invariablemente, quedaba helado pensando “qué bella” solo para darme cuenta apenas unos pequeñísimos instantes, tan solos unos milisegundos después, que se trataba de ella. Siempre me maravilló su inteligencia y su sentido de responsabilidad. Nos gustaba mucho empezar nuevas actividades, proyectos les llamábamos. Así planeábamos aprender a cocinar juntos o a viajar. La vida con ella estaba siempre llena de luz y de esperanza. El alma como las de ella son únicas; de esas poquísimas personas que entregan absolutamente todo cuando encuentran su propio camino. De mi larga lista de cumpleaños los únicos que aún recuerdo, los únicos que gocé profundamente, son los que ella me celebró. Ella convertía estas celebraciones en magia, curando cuidadosamente todo detalle. Nos gustaba tanto hacer algo por el otro que nos inventábamos tardes que llamábamos “días especiales”. Comíamos, escuchábamos música, leíamos, planeábamos nuevos proyectos, nos dedicábamos el uno a la felicidad del otro y ahí encontrábamos la felicidad de pareja. Ella era mi amiga, mi cómplice y mi todo, como hubiese dicho el maestro Benedetti. Se lo dije. Le dije que así era.

 

–Ella era todo para mí, joven –dijo–. Y aún así le causé dolor. Nunca siquiera me disculpé. Nunca le dije lo mucho que me dolía haberle causado sufrimiento. Nunca le dije lo mucho que me pesaba haber traicionado nuestros sueños

 

Quedó callado e inmóvil. Con la mirada hacia abajo, cerró los ojos y por su mejía derecha se escurrió una lágrima que se hacía cada vez más chica mientras cruzaba los surcos de su piel avejentada.

 

–He tenido una buena vida, ¿sabe usted? –me dijo–. Traté de absorber tanto como pude de este mundo. Traté de conocer, de explorar y de compartir lo poco que pude haber aprendido. Disfruté mucho de mi actividad profesional y, en general, mi vida fue resultado de un proyecto creado desde mi imaginación. Tuve mi cuota generosa de éxito y alegría y aunque cometí errores por acá y por allá, debo decir que valieron la pena pues en ellos me logré reinventar. Cuando terminó aquella relación también tuve que reinventarme, reimaginarme de alguna manera, pero, nunca logré perdonarme. Es más fácil perdonar a quienes nos lastiman. Uno perdona no porque los otros se lo merezcan sino porque uno merece paz. Perdonarse a uno mismo, en cambio, es sumamente difícil, pero hay que hacerlo. ­­­­­­­­­­­

Me agradeció por el café mientras corría la silla y tomaba el saco con el que había entrado. Antes de partir me dijo: “recuerde siempre a no meterse nunca al agua solo para probar, si se va a meter, hágalo para hacer olas”.

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