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Editorial de hoy

Adiós a los de la Penúltima… gracias camaradas

opinion

Con sus voces seductoras, irreverentes y cómplices me invitaban a caminar.

Es en la experiencia de gestar vida en el vientre, que tomamos conciencia que todo lo que sentimos y somos lo transmitimos y heredamos a las vidas de las que somos el portal. Por ello tengo certeza que las madres que gestaron a los escritores de la Penúltima (la columna de la última página de este matutino) habrán tenido ADN guerrero, de valentía y fuerza.

 

Entre estos columnistas están Lucía Escobar, Maurice Echeverría, Luis Aceituno, Andrea Ixchíu, Andrés Zepeda y Raúl de la Horra. Columnas que fueron imprescindibles para el periodismo nacional para pensarnos como sociedad porque le imprimieron a esos cuestionamientos que muchas veces no nos queremos hacer, un tinte de honestidad y talento difícil de encontrar.

 

Con sus voces seductoras, irreverentes, entronas y cómplices, me invitaban a caminar como caminan los amigos: cerca, de la mano, un lugar desde donde observar y nombrar. Testificar y narrar la entropía.

 

Esas plumas resultaron unos aliados infalibles: en noches de insomnio y también durante largos caminos de preguntas y debates. En tertulias circulares e inacabables, fue junto a Andrés Zepeda, mi broder, que hace unos 15 años comenzamos a recorrer juntos el país, a hablar con la gente, a escucharlos, a preguntarnos cómo darle sentido y orden al caos del que nos sabíamos y sabemos parte.

 

Y es que acaso mi propia columna no hubiera llegado a elPeriódico, sin gente de los de la Penúltima. Porque en 2005 cuando Juan Luis Font, tras encontrarme en La Insignia y en Albedrío, me invitó a colaborar con elPeriódico, fue Andrés Zepeda, el Gato, quien le dijo que mi estilo e inquietudes podían aportar algo más a las páginas del diario.

 

Aquellas columnas de la Penúltima le dieron un sello distinto a mis días con sus múltiples voces, con sus miradas cambiantes, vigilantes y activas, con sus posturas contestatarias. Me hicieron reír, preguntar, soñar y enfurecer, pensar y sobre todo, escribir. También me empujaron a hacerme de una disciplina para leer para el caos de cosas que nos rodean. Pero sobre todo, constituyeron un espacio fundamental para ampliar los horizontes de muchos lectores.

 

Sus notas que interpretaron y denunciaron una realidad espinosa que tantas veces se prefiere evadir, porque ver compromete. Con su pluma irredenta abrían espacios de discusión.

 

Dice Elias Cannetti: “Hoy en día, nadie puede llamarse escritor si no pone seriamente en duda su derecho a serlo. Quien no tome conciencia de la situación del mundo en el que vivimos, difícilmente tendrá algo que decir sobre él. Mientras haya gente, que asuma esta responsabilidad por las palabras y las sienta con la máxima intensidad al reconocer un fracaso total, tendremos derecho a conservar una palabra que ha signado siempre a los autores de las obras esenciales de la humanidad, obras sin las cuales no tendríamos conciencia de lo que realmente constituye a la humanidad… podemos siendo muy severos con la época, llegar a la conclusión de que hoy en día no hay escritores, pero debemos desear apasionadamente que haya unos cuantos…”.

 

Así, la Penúltima parecía imprescindible. Con ellos aprendí apasionadamente que todavía quedan escritores comprometidos. Escritores que desnudan la palabra para nombrarla, para compartirla.

 

Por ello, hay un nudo en la garganta de decir hoy adiós a los de la penúltima, adiós compañeros, camaradas. Adiós a las lágrimas, risas, preguntas, recorridos, y tantos mundos imaginados, esos que sellaron en tantos de nosotros y que aportaron definitivamente al alma del periodismo nacional. Gracias por haber hecho más amable el camino este de preguntar y escribir para una sociedad como la nuestra.

 

Todas esas columnas son un esfuerzo que merece ser reconocido y agradecido por todo lo que significó y representó para los lectores y para nosotros, sus amigos de lucha y de búsqueda porque ninguno de ellos jamás se dejó comprar, porque sus voces solo supieron corresponder a la tarea de testificar y ser narradores.

 

Nos quedamos con el legado que nos dejan, manteniendo abiertos los canales de comunicación, a la espera de encontrarlos en otros espacios. Sabiendo que no hay certeza de nada, que las preguntas son siempre más importantes que las respuestas y que la búsqueda continúa…

 

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