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Editorial de hoy

Relatos 2

opinion

Algo que usted debe de recordar siempre, jovencito, es a estar enraizado en cada momento.

El viejo subió su mirada al verme llegar, se me quedó viendo inquisitivo por un momento. Sus ojos se veían cansados y acuosos, pero la sonrisa seguía ahí. Mientras, parado frente a su mesa, le preguntaba de forma cordial si podría sentarme un momento para platicar, mi mente huía una vez más y trataba de descifrar el rostro del anciano. Los ojos grisáceos y bonachones. La barba de dos días. Las arrugas. Las orejas largas. El cabello ralo muy bien peinado. Esa sonrisa que no desaparecía.

 

Hubo un pequeño silencio y luego levantó la mano pecosa: con la palma abierta y ladeada me señaló la silla frente a él mientras inclinaba levemente el rostro.

 

– ¿Qué puedo hacer por usted, jovencito?, me preguntó mientras llevaba la mirada hacia el pie de manzana y cortaba un trozo más. Logré ver cómo el reumatismo había redibujado los trazos de su mano. El dedo índice fue el que más me llamó la atención, quizá porque era el que resaltaba sobre el tenedor.

 

– Su traje me recuerda a mi bisabuelo –espeté–. Él también solía vestir tres piezas. Sonrió sin levantar la mirada y dijo:

 

– Eso es porque su bisabuelo se sabía vestir. –Y se metió otro pedazo de pie a la boca.

 

–Sí, eso es cierto. Él confeccionaba zapatos, ¿sabe? Siempre entendió cómo ser elegante.

 

– Antes todo era hecho con mucho cuidado, nada era desechable. Las cosas se hacían para durar.

 

– Sí, lo sé, aunque todavía hoy se elaboran cosas muy bien logradas –dije como tratando de redimir a mi generación.
Pausó lo que hacía y, mientras me miraba a los ojos, dijo:

 

– Hay dos diferencias: uno, ahora hay muchas cosas y, dos, muchas de esas cosas son desechables.

 

Hubo un silencio que no supe cómo interrumpir, sino preguntando si debíamos pedir otras dos tazas de café. A lo que él asintió con la cabeza mientras masticaba.

 

– Me dicen que usted viene seguido por aquí.

 

– Tengo muchos años de venir al Royal Palace, más que usted vida, joven, pero ya no reconozco a nadie. Todos se han ido, no queda nadie. Nadie ni nada.

 

–¿Nada?

 

Subió la cara. Me vio a los ojos. No decía nada.

 

Bajando lentamente la mirada dijo en tono muy bajo:

 

– Todos se han ido.

 

Se quedó quieto y en silencio. Ambos brazos reposaban sobre la mesa, su mirada gacha, su espalada encorvada, sus ojos idos. Así inmóvil, en silencio y con la mirada perdida parecía que una nube de nostalgia lo hubiese abrigado. Parecía recordar otros tiempos que habían quedado muy lejos.

 

Suspiró y dijo:

 

– Algo que usted debe de recordar siempre, jovencito, es a estar enraizado en cada momento, porque cada momento debe ser un escalón. Uno que, debe entender usted, no volverá. Yo sé que al leer libros o conversar con personas que hayan podido acumular algo de sabiduría, usted escuchará lo irreversible, lo definitivo y lo valioso que resulta el tiempo. La verdad del caso, es que el tiempo que tenemos en las manos es inapreciable sin la perspectiva que provee la certeza de su fin. –Se echó lentamente hacia atrás a manera de quedar recostado sobre el respaldo de la silla. Sus brazos permanecían sobre la mesa y su mirada sobre mí.

 

– ¿Es usted feliz? –me preguntó.

 

Me quedé viéndolo sin lograr responder nada.

 

– Creo que usted es una persona reflexiva –siguió mientras acariciaba la mesa –. Ya se habrá dado cuenta que la felicidad es enigmática precisamente porque es algo muy personal. Algo muy propio. Usted solo la alcanzará si define muy bien quién quiere ser. La felicidad consiste en lograr ser la persona que uno ha escogido ser. Bueno, en eso y en saber amar–, dijo sonriendo, como tratando de suavizar el momento.

 

– Supongo que eso le ahorraría a uno muchos errores y lamentos –dije. Lo peor es el remordimiento.

 

– Esos son inevitables, colega. Seguramente usted habrá oído ya que es imposible aprender sin tratar hacer y eso, invariablemente, implica errar. Pero sé a lo que se refiere; a usted le cuesta más vivir con los errores que ha cometido en relaciones con otras personas. Eso es así.

 

– ¿Le ha pasado a usted?

 

Sonrió de forma irónica, observando cómo había yo cruzado la frontera entre lo cordial y lo absolutamente personal.

 

– Así es –me dijo–. A ella la recuerdo todavía a diario.

 

Continuará.

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