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Editorial de hoy

El perverso clientelismo político

opinion

El clientelismo recrea el círculo vicioso de la pobreza.

 

El clientelismo político, que es intercambio de favores (privilegios, beneficios, protección, exenciones, dinero, subsidios, influencia y ventajas en general), por apoyo político y votos, sigue siendo la única respuesta de los políticos a la profunda crisis económica que mantiene a la población condenada a la pobreza.

 

Los políticos saben que el desempleo, el hambre y la precariedad hacen que a los “necesitados” les importe más agenciarse de un ingreso o que les “regalen” materiales de construcción, fertilizantes, comida, ropa o algo de dinero, que exigir servicios públicos (salud, educación, seguridad pública y social, justicia, infraestructura física) mejores y eficaces, aunque, a la larga, estos sean los que le garantizarán a la población una mejor calidad de vida; por tanto, con cinismo, aberración y crudeza, explotan esta realidad y se aprovechan de ella.

 

La partidocracia tampoco se compromete con una inversión social rentable y eficaz, cuya finalidad sea el surgimiento de genuinas comunidades de ciudadanos, en las cuales las personas tengan autonomía personal, crean en sí mismas y en su capacidad de actuar, asuman responsabilidades, así como en cuyo seno se fortalezca la cohesión, la cooperación inteligente, la voluntad de superación, la autoayuda, el emprendimiento, la movilidad social y el desarrollo integral de la persona. Por el contrario, el clientelismo político promueve y alimenta la dependencia de los “necesitados”, a quienes protegen, tutelan, amparan, patrocinan o ayudan, así como la desconfianza y la impotencia; y, además, recrea el círculo vicioso de la pobreza, la marginación y la exclusión.

 

El régimen clientelar se articula en torno a un sofisticado sistema rentista, asistencialista y prebendario, que reparte recursos y privilegios con absoluta discrecionalidad, derroche y opacidad. Esto supone, en la práctica, que la política redistributiva del ingreso se reduzca a una mera transferencia de recursos expropiados forzosamente a unas personas particulares (a través de la tributación) para entregarlos, por vía de intermediarios o no, a otras personas particulares designadas discrecionalmente por la autoridad pública, con la perversa pretensión de dominar o cooptar a estos últimos.

 

A esto se debe que, en gran medida, la democracia institucional no haya tenido éxito en generar condiciones propicias para la inversión productiva, el desarrollo económico y el progreso social en Guatemala. De ahí el rezago del futuro de justicia y bienestar general al que todos los ciudadanos aspiran.

 

En dos platos, la acción política y el ejercicio del poder público se limitan a partir y repartir la cosa pública, de manera subjetiva y convenenciera; y, como siempre ocurre, el que parte y reparte se queda con la mejor parte.

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