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Editorial de hoy

La corrupción en los tiempos de Medina Farfán e Iván Velásquez

opinion

Pareciera ser que la Caja de Pandora desatada hoy nos lleva a elaborar unos casos paradigmáticos.

Con la sobriedad que lo caracteriza, las alocuciones del colombiano Iván Velásquez siempre quisieran ir más allá de la cuadradez jurídica, y la franqueza con la que habla parecieran llevarlo, con un aire a lo Sherlock Holmes, hacia aquellos embrollos de los actos morales definitorios, que buscan a la abeja reina y los emporios responsables de lo que nuestra legislación penal define como el “Cohecho Activo”, o sea el lado privado de la corrupción pública.

 

Y es que resulta ser que con la captura de ejecutivos vinculados a Pisa, Zeta Gas y Jaguar Energy, dentro de toda la tragicomedia criolla, todo ello pareciera lanzar severas lecciones a la propia comunidad internacional, principalmente en relación con sus formas de hacer negocios en estos entornos subdesarrollados.

 

Veamos por ejemplo quiénes son al final los responsables de Jaguar Energy Guatemala LLC (JEG). En primer lugar la compañía fue constituida en el Estado de Delaware, famoso por su producción de compañías de cartón. Luego fue inscrita en el Registro Mercantil guatemalteco, a principios del 2008 con una aportación de únicamente US$100 mil, para servir como punta de lanza a la construcción de megaplantas en la región centroamericana.

 

Los dueños de la compañía son nada menos que Ashmore Energy International –AEI– empresa esta de carácter –fuera de plaza– con sede legal en las Islas Caimán, ¿y quienes son sus verdaderos dueños?: Ashmore Group Plc (Funds) y otros inversionistas.

 

AEI nace en 2005, de una serie de inversiones realizadas por Ashmore Funds, persiguiendo la conformación de un gran holding en las Islas Caimán, que corre con el nombre de Ashmore Energy International Limited (AEIL), reconfigurándose de las cenizas financieras de lo que quedó de la quiebra de ENRON, empresa símbolo del Houston Energético de la época de los Bush, y que se hizo añicos, precisamente por las corruptelas corporativas que explotaron a inicios de la década del 2000, y que de diversas maneras condujeron a la crisis financiera internacional del 2008.

 

Así es que si comenzamos un libro que, a la usanza de García Márquez titulemos La Corrupción en los tiempos de Iván Velásquez, pareciera ser que la Caja de Pandora desatada hoy nos lleva a elaborar unos casos paradigmáticos en donde el deslinde de responsabilidades viene de las propias prácticas empresariales del gran mundo corporativo, a lo Wall Street previo al 2008.

 

En su afán por no ser suspendida en sus operaciones, por no cumplir los contratos diversos financiero-bancarios y de provisión energética, la filial guatemalteca de AEI comenzó a buscar las clásicas componendas que hacen las megaempresas de su corte, comprando voluntades, buscando rebajas de impuestos y fianzas y cayendo en “gestores” o “coyotes” de alto nivel, como ha sido el caso de Medina Farfán, un hábil banquero y “conseguidor” –como le llaman los españoles–; que había hecho su agosto durante los tiempos de reinado del Frente Republicano Guatemalteco.

 

Nos dicen Bethany McLean y Peter Elkind en su leído libro The Smartest Guys in The Room, que la historia de ENRON es un cuento extenso, pero principalmente es un cuento sobre gente afectada de diversas formas por comportamientos verdaderamente criminales de ejecutivos educados en los más prestigiados MBA de los Estados Unidos, quienes fueron unos verdaderos maestros de la “Contabilidad Creativa”, y de malas prácticas en sus proyectos que, comenzando en los Estados Unidos, se “adaptaban” fácilmente a las malas costumbres asiáticas y latinoamericanas.

 

De acuerdo con McLean y Elkind ENRON es la mayor historia de negocios de nuestro tiempo, de traumáticas dimensiones como el caso Watergate en lo político, y que desencadenó toda una serie de sagas alrededor del tema de la avaricia, la arrogancia corporativa y las relaciones espurias entre meganegocios público-privados, similares a los que aún están corrompiendo grandes Estados como el brasileño y el mexicano, siendo Medina Farfán, un simple eslabón de estos estertores corporativos que bien vemos que “resurgen como el Ave Fénix”.

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