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Editorial de hoy

Ángel, el pequeño “Mártir de la dignidad”

opinion

Ángel no fue solo víctima de las maras, fue víctima del sistema perverso que las produce.

El sábado de la semana antepasada desapareció de la faz de la Tierra el niño de 12 años, Ángel Ariel Escalante, quien ha conmocionado a la sociedad por haber sido expulsado brutal y bestialmente del tiempo. Su vida y su partida nos pone un espejo de lo que somos actualmente como sociedad.

 

“El Mártir de la dignidad” (como lo han llamado) fue desaparecido el 18 de junio, cuando regresaba de la escuela. Un día después lo encontraron los bomberos al fondo del barranco. Se cree que fue secuestrado por pandilleros que querían obligarlo a matar a un piloto de bus (actividad a la que se dedica su padre). Ángel se negó. Los pandilleros le ofrecieron dos caminos: ser descuartizado o tirado del puente Belice. Al elegir el segundo camino, el destino le colocó cara a cara con la muerte.

 

En medio del hondo dolor que provoca su muerte y los motivos de su muerte, leemos los comentarios de una sociedad que reacciona de manera colectiva diciendo al unísono: “Malditos pandilleros hay que quemarlos vivos”. Hay en esta reacción impulsiva una falta de análisis de lo que este hecho dice sobre nuestra sociedad, sobre el pulso de lo que somos.

 

Creo que a Ángel no lo mataron los pandilleros, lo mató una sociedad en la que la desigualdad termina por matarnos a fuego lento, indiferentes e inermes, incapaces de impedir su muerte. Lo mató la corrupción descarada de nuestros políticos que generaliza la impunidad campante, los desfalcos millonarios de quienes desvían el dinero de escuelas, hospitales, medicinas y centros vecinales para construirse mansiones. Lo mató un sistema que margina a sus niños y a sus jóvenes, mientras engorda a la clase política y empresarial.

 

Es necesario que comprendamos la relación de interdependencia entre la marginalidad y el modelo económico que nos hace estar como estamos, relacionarnos como nos relacionamos. A Ángel lo mató la modalidad de una economía de capitalismo tercermundista de monopolios que evaden impuestos, y que produce marginalidades específicas que toman la forma (entre otras) de maras.

 

El alma enferma y violenta que caracteriza a esta población es sin duda respuesta a las desigualdades económicas y de la polarización de nuestra sociedad. Los miles de jóvenes de entre 12 y 25 años que se integran a las maras, al verse sin familia, sin educación, sin vivienda y sin una red social y familiar que los apoye, optan por la vida de la calle. Esto lo expresa un exmiembro de los Salvatruchas así: “O sea de que yo me metí en la onda de la clica cuando estaba bien vato, la calle y el pegamento, eran mi única alternativa”. Al vivir en la calle, se asume la lógica y la normativa de la calle: vivir para matar. “Si el sistema no te hace vivir, te lo quebrás vos a él”.

 

Los pandilleros escupen veneno al sistema que los excluye del consumo y el empleo. Al vivir en la marginalidad, se generan formas marginales de ver el mundo y de actuar sobre él. La moral de las personas no está relacionada solo con los valores que promueve la familia, sino sobre todo con las circunstancias concretas en las que nos toca nacer o morir.

 

Como la calle, la muerte también se vuelve una opción para esta generación envenenada del mal que produce la corrupción, la desigualdad y la exclusión, que son la columna vertebral de un sistema y una modalidad económicas que se autoproclaman libertarios, pero cuyos productos humanos más visibles son el abandono y el enriquecimiento de unos y el empobrecimiento y la muerte de otros.

 

Un sistema económico puede producir prosperidad social cuando incorpora al trabajo y al consumo a sus ciudadanos. Y produce miseria y violencia cuando excluye a esas masas de los circuitos de producción y consumo. Por eso es que sí es lícito decir que el capitalismo monopolista produce la marginalidad que constituye el caldo de cultivo de las maras y de su forma alternativa de morir, matar y vivir.

 

Ángel no fue solo víctima de las maras, fue víctima del sistema perverso que las produce. En las redes sociales existe una amplia iniciativa de que tras la muerte de Ángel se cambie el nombre de “Puente Belice” por “Puente Ángel Escalante”. Más allá de esta necesaria iniciativa, Ángel tendría que ser un símbolo de la nueva sociedad que queremos ser, una que da muerte a todo aquello que la corroe: la desigualdad, la indiferencia, la corrupción, la impunidad, la injusticia, y una economía de monopolios en la que no existe la libre competencia. Muerte a los gobiernos corruptos que protegen los intereses de la elite y no los de las mayorías.

 

Larga vida a la memoria de este mártir héroe que en medio de historias de muerte se aferró a la vida y nos vino a dar una lección de humanidad, a nuestro pequeño gran “mártir de la dignidad”.

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