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Editorial de hoy

¿Quién reirá de último?

opinion

El Congreso en la mira: ¿podrá desafiar al mundo con su soberbia ratonesca?

Luis Rabbé se desternillaba de la risa. Parecía un muñeco de trapo sacudido por las imparables carcajadas. Y uno temía que en cualquier momento, se le desataran las costuras y empezara a caer el aserrín del que estaba hecho. ¿Cuál era el motivo de esta risa pertinaz? Arturo Taracena lo increpaba por una manipulación que, lejos de constituir una acción digna de un órgano del Estado, era una desfachatada pantomima: la elección de un magistrado para la CC, sacado de la manga, sacado de la nada. ¿Y todo para qué? Para que este magistrado-alfil apuntalara a los otros magistrados-alfiles que ya están instalados en la Corte de Constitucionalidad, en un juego de ajedrez destinado a defender el Estado-corrupción, la “institucionalidad” construida para permitir. Al fin y al cabo ese ha sido, hasta hoy, el nombre del juego. ¿Por qué cambiarlo?

 

Quizá Luis Rabbé tenía amplias razones para la risa. Al fin y al cabo, todos ellos, los “políticos” son tan absurdos que, justamente por su hiperbólica bajeza, mueven a la risa. No hay gota de seriedad en ellos. Y podríamos pensar que estamos sumidos en una onírica payasada si las acciones de estos malandros no produjeran, día a día, la muerte, la miseria, el dolor de la mayoría de guatemaltecos.

 

Seguramente Todd Robinson y los demás miembros del cuerpo diplomático acreditados en nuestro país necesitaban una razón para creer en la visceral naturaleza de la corrupción en los altos dignatarios de la Nación. La risa de Rabbé, maravillado ante la propia capacidad de maquinar en defensa del Estado-corrupto, fue suficiente. Nada habla mejor que una imagen. Aquel rostro distorsionado por el enorme placer de la risa, era el rostro de algo difuso y difícil de comprender de otra manera. La banalidad del mal, diría Hannah Arendt. Sí, los funcionarios corruptos son banales y peligrosos. La banalidad no debería tener el destino de nuestro país en sus manos. Los diplomáticos, experimentados viajeros de las torceduras del poder, no deberían proteger esta banalidad. Volverse cómplices del asesinato, calculado y a sangre fría, de las esperanzas de un país joven.

 

A Rabbé la risa le salió por la culata. Esta semana la presencia tanto del embajador Todd Robinson como del grupo G-13, empezó a cambiar la dinámica de apoyo de la comunidad internacional. El pulso está planteado. ¿Pueden los corruptos desafiar al mundo en su soberbia ratonesca? Aparte, la CICIG empieza a hacer sonar los tambores dentro del seno congresil. Todavía está mucho por escribirse, pero yo sueño con ciudadanos de todos los colores reunidos en la plaza, riendo con ganas y todo placer, después de una larga jornada de trabajo que termina con la casa limpia y en orden. Un nuevo orden.

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