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Editorial de hoy

El sueño chapín

opinion

El camino de la política para salir de pobres.

Guatemala es un país prodigioso, con ricos recursos naturales y una población que se caracterizó siempre por la amabilidad y el modo pacífico de ser, pero tras la guerra interna dimos una vuelta de gato, nos convertimos en desconfiados, agresivos y aprovechados.

 

El “sueño americano” que animaba a los aventureros a dejar a los suyos con tal de ayudarlos desde el país de la oportunidad, trabajo y esfuerzo, se sustituyó por la opción tropical del “sueño chapín”, un camino más rápido y seguro para salir de pobre: alcanzar un puesto de elección en el Estado para robar con licencia, para estar un tiempo donde se pueda agarrar a manos llenas de lo que es de todos y por lo tanto de nadie. Se dice que hay quienes pagan muchos miles de quetzales por una plaza de conserje en el Congreso, con tal de estar cerca de la miel.

 

El sueño de los inmigrantes ha disminuido, afectado por el retorno masivo de los expulsados, esos pequeños seres que regresan a diario con la cabeza gacha en los aviones de Obama, sintiéndose desvalidos y sin suerte. La Guatemala que los recibe y abraza es otra, repleta de barrios marginales y calles angostas donde se vive hacinados, entre la bulla del tráfico del progreso y el merengue y perreo en las áreas comerciales, con modelos bailando en las gasolineras y voluptuosas mujeres llenas de implantes anunciando en la televisión el clima del día pasado, desde una vitrina que emula las de Ámsterdam.

 

En Guatemala se está enseñando a las nuevas generaciones que para salir adelante hay que transgredir, robar, delinquir, degenerarse, como exigen a sus obreras los asiáticos que vinieron a nuestro país a enriquecerse aprovechándose de los caminos de La Línea.

 

El “sueño chapín” modifica el clima social porque desata la ambición y la irrelevancia del otro. Aunque la batalla colectiva reciente ya detuvo la ola de candidatos en casi un 25 por ciento de la cifra esperada, lo cual es una buena noticia. El efecto del castigo a los primeros atrapados ya está haciendo efecto, los delincuentes tarde o temprano se derrumban, aunque crean que saben cuidarse. A los corruptos hay que castigarlos, ponerlos de ejemplo, arrancarles lo mal habido. La impunidad es una enfermedad contagiosa. La expulsión de los corruptos actuará como un antibiótico, que no se toma un solo día o los bichos se fortalecen, y como el tratamiento nos dejará debilitados, sin defensas, tendremos que reconstituirnos y vacunarnos. En este instante no hace falta perder el tiempo reformando ni prohibiendo, porque tales medidas cierran el futuro a los correctos, sino hay que impedir la reinscripción puntual de los mañosos y perseguirlos.

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