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Editorial de hoy

El hombre que parecía un caballo

opinion

Viaje al centro de los libros

El famoso cuento de don Rafael Arévalo Martínez, El hombre que parecía un caballo, está fechado en octubre de 1914, lo que implica que ya superó el primer centenario y continúa siendo un momento vital de nuestra literatura. La obra está inspirada en la profunda impresión que significó conocer al escritor colombiano Porfirio Barba Jacob o Ricardo Arenales durante su breve estancia en Quetzaltenango, escapando de la Revolución mexicana. El polémico colombiano atravesó el río Suchiate para salvar la vida debido a su participación en el periodismo agresivo que lo caracterizó. En Guatemala, y luego en La Ceiba, Honduras, dirigió periódicos, fue admirado y escandalizó a la población tradicional y conservadora con su declaración de marihuano y bisexual. De todo lo escrito le bastó un poema para ingresar en la historia de la Literatura latinoamericana, el Canto de la vida profunda, el memorable de “Hay días en que somos tan móviles, tan móviles”, y como efecto de la estela de su paso, y debido a la fuerte impresión que provocó en don Rafael, surgió su obra maestra, el relato sobre el señor de Aretal, quien parecía caballo, indicando ese algo de bestia y ángel del colombiano, que declamaba sus poemas como derramando topacios, pero que cuando estaba libando se convertía en otro, en bajo y putrefacto. Así se lo advierte el protagonista al narrador, que cuando estaba ante dos personas, se identificaba y transformaba de acuerdo a quien más bajo se evidenciaba. Al lado del débil y sensible era divino, pero cuando se situaba entre él y otro abyecto, optaba por las profundidades, lejos de toda moral. El narrador lo describe con fascinación y miedo, tiembla ante él, pero no se aleja, casi se somete, hasta que la bestia le da coces y se marcha. Cuenta Fernando Vallejo que cuando Arenales dejó Quetzaltenango le preguntaron qué era lo que más le había gustado de la ciudad neoclásica, y él indicó que el camino de salida para irse para siempre, aunque el eufemismo es mío. Don Rafael se quedó afectado tras la desaparición del colombiano, y años más tarde se dedicó personalmente a publicar el libro de Barba Jacob que don Rafael tituló Rosas negras, que reúne los poemas que él había guardado en originales o que fueron publicados en los diarios locales durante su estancia en nuestro país. El resultado fue genial.

mendezvides@itelgua.com

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