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Domingo

De profundis


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He aquí una historia fascinante que me parece justo recordar en un día tan señalado como este y que terminé de madurar cuando investigaba nuevas formas de enriquecer los diálogos de mis personajes de ficción. Según investigaciones de Albert Mehrabian,  profesor emérito de la Universidad de California, el 55 por ciento de la comunicación humana es gestual. Más de veinte mil expresiones faciales registradas y unos mil movimientos corporales lo atestiguan. A su vez, el 38 por ciento de la misma es pura entonación: inflexiones, retintines, matices, énfasis. Solo el siete por ciento de lo que deseamos comunicar lo expresamos con palabras. 

Hoy son datos de dominio público, pero en su día causaron una gran conmoción. Que la palabra tuviera tan poco peso en la comunicación humana era difícil de explicar. Y mi primera reacción fue no creerlo. Hasta que al cabo comprendí que esos números dibujaban el mapa de nuestra evolución como especie desde el homínido primigenio (el hombre despalabrado) hasta el homo sapiens que con el tiempo hemos llegado a ser. 

Durante muchos milenios, el ancestro que nos precedió en tan singular aventura se dirigió a sus semejantes con signos no verbales, gruñidos, interjecciones, monosílabos, mamolas. Pero hablar, lo que se dice hablar, ha sido cosa de los últimos 30 mil años. Memorias de su etapa como homínido, no obstante, llegarían hasta nosotros casi intactas. Y ese sería el motivo de que el 93 por ciento de la comunicación humana se haga con el tono y con el gesto. 

El habla, la locución, ese arcano. Reducida a su mínima expresión, sería solo el conjunto de vibraciones sonoras que la garganta exhala y la lengua articula. Y sin embargo, es justamente eso lo que nos humaniza y distingue de los demás animales. Su evolución, desde la indigencia verbal hasta la frase redonda y precisa, se asemeja a la de la misma especie: lenta, fortuita, sigilosa y con cambios casi imperceptibles, pues la naturaleza no camina a saltos. Mas para ello fue preciso que la masa encefálica del homínido creciera y que sus neuronas se multiplicaran. El cerebro devino entonces la residencia del habla, así como la de otras funciones asombrosas que lo llevarían a inventar la escritura, las artes, el cálculo infinitesimal, el 747, el cabernet sauvignon, el celular y la pizza Margarita.

De todo lo anterior se infiere que “en el principio” no fue la palabra. Al contrario. La palabra sería la última en llegar al proceso de humanización. Pero muy pronto se volvió la primera. El homo sapiens la usaría para convocar, persuadir, entusiasmar, dirigir, emocionar. Las comunidades humanas se volvieron más numerosas y menos vulnerables. Y el hombre se enseñoreó de la Tierra. No devino la divina garza, excuso decir, pero, cuando uno considera que entre los demás homínidos fue el único que logró reinventarse y convertirse en lo que somos, es como para quitarse el sombrero. 

La cita debería ser, pues, “y al final fue la palabra “. Pero qué poder el suyo. Cyrano de Bergerac, pongo por caso, sedujo solo con palabras a Roxanne sin que ella le viera la nariz, que ya es proeza. Con todo, una aptitud tan inusitada habría sido imposible de desarrollar si el cerebro humano no hubiese alcanzado las dimensiones que hoy posee. Gran tipo, este personaje, quien a diferencia de otros integrantes del reparto, piel, músculos, oídos, que se deterioran y envejecen, él se vuelve con el tiempo más sabio. Es tan versátil que puede ser ingeniero, pintor, poeta y astronauta. Todo nuestro ser vive disperso en su vasta y compleja estructura de unos cien billones de células, algo arrugada, eso sí, y de apariencia anodina, pero más inteligente y chispuda que el computador mejor equipado.

Eduardo Punset, reconocido divulgador de la ciencia, publicó tiempo atrás un libro titulado El alma está en el cerebro, afirmación delicada, pues el alma se ha considerado siempre una entidad intangible. Mientras lo leía, recordé que fue Platón quien imaginó la separación materia/espíritu y que lo que el cristianismo concibió en realidad fue la idea de la resurrección de la carne, que es otra cosa. La propuesta de Platón, sin embargo, aun siendo pagana, fue tan atractiva que los teólogos cristianos se apropiaron de ella. El cuerpo puede morir, dijeron, pero el espíritu, el alma, sobrevive debido a su naturaleza inmaterial. Lo cual siguió siendo verdad por muchos siglos… hasta que llegó el alzhéimer. 

Cuando una persona padece esta enfermedad o un daño cerebral parecido, dice Carl Zimmer, colaborador asiduo de las páginas científicas del The New York Times, se puede observar cómo su espíritu, su alma, se desintegra a medida que el cerebro se destruye. Y uno de los síntomas más terribles es la pérdida de capacidad del paciente para hablar. Afasia es el nombre médico. La persona ya no es consciente de sí y no puede comunicarse. El cuerpo ha sobrevivido al espíritu. Camina, respira, vive, pero el alma ha dejado de existir. Y quien haya vivido tan dolorosa experiencia con un ser querido sabe a lo que me refiero.

La controversia está ahí, no hay duda, pero también la evidencia científica. Nuestro cerebro es lo que somos. Todo procede de él, de sus células, su química. Si lo perdemos, dejamos de ser. El espíritu es solo inmortal en la medida que sus hallazgos y sus logros permanecen en la memoria de los vivos. Y es justo esa herencia milenaria, recibida de quienes nos antecedieron en el fascinante ascenso del hombre hasta su condición actual, lo que uno abraza y agradece, de profundis, en el día que con emoción recordamos a los muertos.

 

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