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Domingo

Mafalda luego de apagar la luz


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No soporto ver la casa sucia. Ahora mismo me levanto y apago la luz.
— MAFALDA

Y con toda seguridad, lo hizo. Apagó la luz y se quedó tan a gusto. Problema desaparecido, asunto resuelto. ¿Lógica infantil? No, lógica adulta. Así somos. Cerramos los ojos a lo que no queremos ver o miramos a otra parte para no verlo. La inefable y contestataria criatura a quien no le gusta la sopa y quisiera vivir sin darse cuenta, piensa y actúa como lo haría un adulto. Y Quino, su genial Pigmalión, poseía la rara virtud de desdoblarse y volver a la edad de la inocencia para observar desde allí nuestros defectos y dar cuenta con una sonrisa de la forma con que los tratamos de ocultar o corregir. 

Qué sería de nosotros sin el humor. Y sin embargo, crecemos, maduramos y perdemos poco a poco la jovialidad. O reímos menos que cuando éramos niños. ¿Es tan triste, tan seria, la existencia, que nos roba la alegría natural que un día tuvimos? ¿Dejamos de reír porque nos vamos haciendo viejos o envejecemos porque dejamos de reír? Cada vez que una persona ríe, agrega un día a su vida, dicen. No hay modo de demostrarlo, pero si fuera verdad, el mundo sería otro. Estaríamos riendo todo el día.  

Erasmo definió el humor como la virtud de poder hablar en broma sobre algo que nadie sospecharía fuese divertido. Pero hay dos instancias en las cuales al padre de la Reforma no le iría bien bromear. Una es el poder político. La otra, los integrismos de todo orden: religiosos, ideológicos, partidistas. El humor no les va bien. Cualquier agudeza la toman como difamación, si no blasfemia. Véase el caso de Charlie, el semanario de humor francés. La publicación hacía burla del terrorismo islámico con portadas como aquella en la que Mahoma, echándose las manos a la cabeza, se quejaba: “Es muy duro ser amado por estos idiotas”. La respuesta de los ultra fue un brutal ataque al semanario que dejó diez periodistas muertos.

Debido a tan devotos ímpetus, los humoristas han optado mejor por mofarse de nuestros defectos. Estamos mal hechos, este es el problema. En lo físico y lo mental. No hubo buen control de calidad cuando fuimos moldeados, fuese con barro, maíz o la yema de un huevo cósmico. Basta con entrar a una farmacia y comprobar la mareante cantidad de medicamentos que existen para aliviar nuestras dolencias. Intenté contabilizarlas en Internet y solo con la letra A aparecieron 1,825. Eso sin contar otras por lo visto incurables, como las de la justicia, la política, la economía, la cultura. 

Siendo joven e indocumentado, solía llevar conmigo una pequeña agenda donde anotaba aforismos, frases cortas y citas que llamaban mi atención. Un tesoro que algún día perdí, pero del que guarda mi memoria algunas joyas. Entre ellas una de Ramón Gómez de la Serna, el creador de la greguería, que rezaba así: “Al ombligo le falta el botón”. El literato debió de haberle dado algunas vueltas a este asunto de la imperfección humana. Y una prueba de lo mal acabados que estamos, es sin duda esa fea cicatriz, esa chapuza, que llevamos en el abdomen. 

No niego que haya ombligos bonitos, pero siempre he tenido la impresión de que solo sirven para que los monjes budistas se miren en él cuando meditan. En cuanto a Gómez de la Serna y su ingenioso hallazgo, hay que imaginar cómo se habría visto el bueno de Adán en las pinturas de Durero, Miguel Ángel o Tiziano, con un bonito botón en el ojal que, por cierto, no tenía.

Corregir la naturaleza humana y sus defectos, sean del orden que sean, es querer cazar moscas a gritos. No habría mejor piropo para ella que el de “señora, por usted no pasan los años”. Los moralistas, esos pescadores de almas que pretenden perfeccionar la humana condición y hacer de ella lo que no es, vienen diciendo desde hace algunos siglos: cambia al hombre y cambiarás al mundo. Pero al mundo le gusta ser como es. Y esto es algo que no tiene arreglo. La naturaleza humana es terca y las personas seguirán conduciéndose igual que lo han venido haciendo siempre. 

Alguna vez llegué a pensar que la experiencia de los últimos mil años, por ejemplo, debería haber sido suficiente como para conducirnos mejor. Pero, tras alcanzar cierta edad, uno empieza a percatarse de que hay patrones que se repiten, como si la humanidad se moviera a impulsos de algún perverso copy/paste. Véase la actualidad, si no. Se libra otra Guerra Fría. A un Imperio le ha salido un emperador impresentable. Una peste de proporciones bíblicas azota a la humanidad y no sabemos cómo detenerla. La economía capitalista, de nuevo entre algodones. La socialista, en el lodazal. Argentina, al borde de la insolvencia. Y el Vaticano, inmerso en otro escándalo de corrupción financiera sufragado con las limosnas de los pobres. 

La historia humana no es lineal, te dices. Es una serie de ciclos que se abren y se cierran y retornan igual que las estaciones. Y esa reflexión te hace ver las cosas de otro modo. Una voz dentro de ti te recuerda, además, que la vida es demasiado breve como para malgastarla sudando tanta calentura ajena. Quién sabe, a lo mejor, el mundo no es como crees que es, sino como tú lo interpretas. Así que mejor si te lo tomas con calma. Elige lo que te hace reír, no lo que te hace llorar. Pero sobre todo, esfuérzate por ser feliz. Y tú apruebas la moción. Suspiras y cierras los ojos. Y al rato, te va entrando como cierta paz. Asunto resuelto por hoy, murmuras. La casa en orden, todo en su sitio. Y si no lo está, mejor no verlo.

Mafalda luego de apagar la luz. 

 

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