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Domingo

Los ojos del muerto


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Mustio, frío, inexistente… aunque de cuerpo presente. Callado, muy bien peinado, ni pálido ni desnudo, sino más bien “reluciente”. Luce su mejor tacuche, su corbata favorita que permaneció intocable en aquella gavetita. Una de esas cosas de hoy, donde se guardan corbatas, muy finas, bien enrolladas, pero que al final del día, se usa tan solo unas pocas… y siempre son las trilladas. 

La corbata en su ataúd, nunca la habría comprado; se la regaló su esposa, porque a ella le gustó y él tuvo que celebrarlo, poniendo cara de agrado, porque si hubiese mostrado desencanto o desazón, habría sido el tapón que pondría fin al lío de todos muy conocido; ella decía “la roja” y él –para evitar congojas– “elegía” ese color, sin que le representara, ni apetito, ni sabor. 

Hoy está allí quieto por fin. Dejó de correr y amar, dejó de servir a otros, dejó al fin de aparentar: para complacer a todos, para ser padre perfecto, para que nadie se sienta, ni olvidado, ni angustiado, ni ofendido, ni agraviado. Su cara luce distinta; se aflojaron sus facciones, es su rostro –hoy– inmutable: a tristezas, decepciones, disgustos y maldiciones. Nadie le puede juzgar de estar –hoy– malencarado, ni cansado, distraído, alejado o amargado. Nadie puede arrebatarle ni tan solo una sonrisa, ni temer a lo que él diga… sea con muecas o prisas. No repetirá su historia tantas veces relatada, ni los chistes que, a sus hijos, realmente nunca agradaron y menos aún causaron… una feliz carcajada. 

Uno de los asistentes, un amigo muy cercano, insiste en verle los ojos y como es natural, ante tal solicitud, sus hijos y sus parientes, reaccionaron muy mal. Él insiste y finalmente se abre la caja ataviada, de coronas y de fotos que revelan de su vida: honores, muchos legados, respeto y admiración. Nunca habría imaginado lo que provocó su ausencia: temores, angustias muchas, remordimientos profundos y muchísimas tristezas. La gente llega y se acerca, expresándole a sus hijos, tan solo cosas hermosas que –aún en medio del pesar– les causan satisfacción y hasta quizá regocijo. 

El amigo inesperado, abre los ojos al muerto y dice la concurrencia: “¡Acérquense… y que él sepa de su profundo cariño, su total admiración, su respeto irrevocable y su gran desolación! ¡Que él vea lo que le extrañan, que piense, no fue su lucha, su pasión y convicción, tan solo una letanía que no gozó de razón!; ¡Que sepa que lo escucharon que valió la pena todo, que no los decepcionó, sino que les inspiró!”.

Nadie pudo abrir la boca, ante la escena de horror que estremeció a los dolientes y enmudeció a los presentes. Me quedé pensando absorto: Hay amigos que aún vivos, hay gente que es tan decente, ejemplar y trascendente… pero que no quiere ver. Mi constancia e impertinencia, al querer abrir sus ojos, es tan absurda tarea, como el amigo del muerto que causó gran conmoción, pretendiendo honrar al muerto, ofreciendo una presea. ¡Piénselo!

 

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