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Domingo

El ocurrente y fabuloso mundo de “Quique” de León


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Durante la Semana Santa de 1970, en el marco de una guerra interna cercana y ajena, en una lunada en el lago de Amatitlán, en casa de una alumna del colegio Monte María, alumnos del Liceo Javier y del Liceo Guatemala bailaban alegremente; de repente se descompuso el aparato de sonido, y aprovechando el momento, y el sepulcral silencio, alguien le presentó a Quique de León una patoja del Monte María quien, en impecable inglés, se presentó como Arleen Caroll Morrow Arévalo. Anonadado por tanto inglés, el ocurrente Enrique de León, se presenta como Henry Dilayon. Nunca supe si llegaron a bailar una pieza. 

En ese momento Quique de León estudiaba en el Liceo Guatemala, pero había estudiado con nosotros, en el Liceo Javier, hasta tercer curso en la sección A, distribuyendo su tiempo entre el equipo de fútbol “Once Estrellas”, la lucha libre –Quique siempre fue técnico, Máscara Roja– y los estudios.

Ocurrente e irreverente, en una ocasión, un profesor de inglés, prohibió absolutamente hablar en clase; en medio de un profundo y forzado silencio, Quique levantó la mano y preguntó “profesor tiene sencillo de un billete de quetzal”. En otra ocasión un profesor y padre español expulsó a Quique de clase diciéndole “Quique salte” y Quique comenzó a saltar y así, saltando, salió y entró de clase. En el fondo había hecho caso, pero su salida del colegio, era buchaca cantada. Del Universo Jesuita al mundo Salesiano.

La lunada de Amatitlán no fue, sin embargo, mi primera fiesta con Quique, en los primeros años de secundaria celebró su cumpleaños en la Villa de Guadalupe, en la casa de su padre, Oscar de León Aragón, revolucionario de pura cepa. Esa celebración marcaría mi iniciación en el mundo del acercamiento social y mi primer encuentro cercano con la muerte. Al terminar la celebración, el hermano de un compañero nos fue a traer en su carro Renault; a una cuadra de la casa, un autobús nos embistió de costado, afortunadamente todos salimos ilesos. Una vez pasado el susto, la gracia era contar quién tenía más pedazos de cristal en las orejas y la nariz.

En los años por venir estudiamos juntos para los exámenes, en su casa en Vista Hermosa, por cierto, sin mucho éxito con el Álgebra de Baldor; alguna vez jugamos billar en los Grand Mart, observando al gran Vitola y comimos tacos de Maciza en el Gran Pavo, atendidos personalmente por Ernesto un fornido y bigotudo mexicano oriundo de Michoacán. Un furtivo y cómodo, aunque perspicaz acercamiento a una Guatemala diferente, contrastante. Para ese entonces Quique, al igual que “Julius” el famoso personaje de la novela de Bryce Echenique, Un mundo para Julius percibía ya, en la Guatemala que tanto quiso, dos mundos contrapuestos, crueles, diferentes, angustiantes.

Después de graduarse del Liceo Guatemala, Quique se fue a estudiar el idioma de Shakespeare a Inglaterra. Después se fue a vivir a España, donde Quique descubrirá su pasión por los viajes y la comida. Trotamundos y gourmet, se quedó en España hasta que su padre lo fue a traer del mocho para que se regresara a Guatemala.

A su retorno se casó con el amor de su vida, Carmen María –quien por cierto hace el mejor fiambre de Guatemala– e instaló una imprenta, “Imprex”, allá por la primera avenida de la zona 1. Posteriormente fundó con unos amigos “La Hacienda de Los Sánchez” al mismo tiempo que se licenciaba de Ciencias políticas en la Usac. Después, partiendo de cero, sin dinero del Estado, se convirtió en un reconocido, exitoso y multinacional empresario construyendo una cadena de restaurantes en Guatemala, con franquicias en El Salvador, Costa Rica, Panamá y Alemania. Todo un self made man diría Arleen.

Extraordinario ser humano y buen amigo, su audacia en los negocios contrastaba con su prudencia en la política. Socialdemócrata de corazón, fue secretario de Relaciones Internacionales del PSD, y diputado por los partidos PSD y Encuentro por Guatemala. Político soñador e idealista, obstinado, consecuente, coherente, transparente y decente Quique fue una excepción en el proceloso mar de la corrupta política nacional; “La linda y hermosa chola” de “Julius”, convertida en una corrupta y vulgar prostituta.

Víctima de su propio éxito y de un insufrible calvario de intervenciones quirúrgicas, Quique, fue despedido por sus empleados al compás de la música de Pero Sigo Siendo el Rey. Bien merece una lágrima de esa Guatemala que tanto amó.

 

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