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Domingo

Confianza y éxito democrático


Sociedad de Plumas

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Entre más conexiones y confianza haya entre los miembros de una sociedad mejor podrá funcionar la democracia. 

En las repúblicas democráticas modernas todos los humanos a partir de cierta edad son considerados ciudadanos con obligaciones y derechos. Esto es un contraste importante con los reinos absolutistas o las antiguas repúblicas aristocráticas y mercantiles en donde la membresía para participar en la vida pública era limitada, complicada y requería una gran inversión de tiempo y dinero. Pero gracias a los grandes avances en derechos humanos a partir de las importantes reflexiones en la Ilustración y desde el fin de la Segunda Guerra Mundial se han replanteado las viejas ideas de ciudadanía y participación.

Las repúblicas piden mucho de sus ciudadanos –obligaciones–, son ellos que con su tiempo deben mantener y fortalecer las instituciones que garantizan sus derechos y al mismo tiempo deben guiar la vida política para alcanzar metas sociales concretas. Cumplir con el deber de la función cívica siempre ha sido una idea predominante en teóricos republicanos y liberales. En la antigua República Romana, Cicerón mencionaba que los ciudadanos debían ser “liberales”, o sea nobles y generosos, siempre dispuestos a pensar y actuar en favor de sus conciudadanos. Séneca daba la misma importancia a la “liberalidad” de los ciudadanos, ser desinteresados, generosos y con buena disposición respecto a sus obligaciones públicas. Los primeros que se autoidentificaron como liberales políticos en el siglo XIX –en los que destacan Constant, Madame de Staël, Hamilton y Mill– rescataron estas y otras ideas para adaptarlas a los primeros Estados nación en donde ya permeaban las ideas ilustradas de laicismo, igualdad política, igualdad ante la Ley e igualdad de dignidad. 

¿Qué se necesita entonces para que en una república democrática moderna los ciudadanos –todos– puedan cumplir con sus obligaciones cívicas y aprovechar mejor sus derechos? Estados Unidos de la postguerra nos puede dar una pista importante. En su libro Bowling Alone 

–el próximo mes saldrá una versión actualizada–, el sociólogo y politólogo estadounidense Robert Putnam hace un extenso y detallado análisis de lo que él llama una sostenida decadencia de la vida civil en Estados Unidos desde la década de los años setenta. Putnam analiza datos cuantitativos y cualitativos de cinco décadas del llamado “capital social” en ese país. Este tipo de capital lo define como “las conexiones entre individuos, vínculos sociales y las normas de reciprocidad y confianza que surgen de estas; en este sentido está relacionada con la llamada virtud cívica”. Este tipo de capital se genera en casi todas las interacciones sociales: en iglesias, grupos de apoyo, reuniones familiares, en los restaurantes de comida rápida, en los parques, durante voluntariados, en clubes, en partidos políticos o en comités de barrios.

Para medir este tipo de capital Putnam observa el comportamiento cuantitativo de la vida social de los estadounidenses: las membresías en los clubes, la asistencia a las iglesias, la participación en sindicatos, la membresía en partidos políticos, el altruismo, la participación en voluntariado y diferentes tipos de relaciones informales. En casi todos los indicadores se observa un boom en los años cincuenta y sesenta, para luego disminuir sostenidamente hasta 2000. Asimismo, se hacen observaciones cualitativas de cómo ha cambiado la forma de participación en estas organizaciones políticas y sociales. En este sentido puede que aumente el número de organizaciones de algún tipo, pero su forma de operación no fomenta la interacción de sus miembros y el mantenimiento de las mismas recae en personal contratado y profesional; en otras palabras, la generación de capital social es pobre. Esta tendencia se observa en partidos políticos de “cartón” u organizaciones sociales que solo piden contribuciones monetarias y ninguna participación directa para incidir. Esta tendencia a lo largo de generaciones, argumenta Putnam, debilita la democracia estadounidense, la confianza entre sus ciudadanos –todos– ha disminuido, las coincidencias en temas sociales son menores, lograr acuerdos políticos es complejo y los regionalismos dificultan la articulación con las necesidades nacionales. 

Contar con altas reservas de capital social es importante para una democracia porque facilita la cooperación entre sus ciudadanos –todos–, disminuye los roces sociales y fomenta la creación de nuevos proyectos colectivos. Facilita que los ciudadanos cumplan mejor sus obligaciones ciudadanas por el simple hecho de interactuar más. Putnam menciona que un individuo con mejores lazos sociales es uno con más probabilidades de ser exitoso; que un grupo mejor conectado es uno con mejores capacidades de incidir; y que un país mejor interconectado –hacia adentro y hacia afuera– es uno que puede prosperar fácilmente. 

Por lo anterior se hace importante pensar en cómo generar las condiciones y reglas claras para la creación de capital social. Dos son las líneas de trabajo en este sentido. La primera es institucional. Entre más fácil es organizarse en la vida social y política mejor. Crear asociaciones, empresas, clubes o partidos políticos debería ser algo sencillo y deseable. Estas organizaciones solo por existir fomentan la interacción y cooperación social. La segunda línea es la creación de las condiciones estructurales que facilitan e invitan a la interacción social. La construcción de parques, la disminución del tiempo en el tráfico, la creación de nuevas redes sociales que faciliten el entendimiento, el fomento del ocio y la creación de proyectos sociales a nivel nacional es clave.

Los vínculos sociales tienen valor y son esenciales para el sano funcionamiento de la idea cívica que encierra la república democrática. Todos somos ciudadanos y todos necesitamos conexiones que generen oportunidades y valor a nuestras familias y comunidades. Mejorar las condiciones para la creación de capital social facilita la articulación entre grupos del país, adapta las necesidades de participación a cada ciudadano y crea oportunidades para generar acuerdos. Sin interacción social no hay confianza, sin confianza no hay acuerdos y sin acuerdos no hay república, no hay nada que sea de todos –los ciudadanos–.

Sociedad de Plumas es una red de colaboradores comprometidos con promover en las páginas editoriales el balance, el contraste y la propuesta constructiva.

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